LA PERFECTA BIBLIOTECA CONSERVADORA: LOS ESTADOS UNIDOS (II)

LibrosBobYa vuelvo a estar aquí. Seguimos con nuestra pequeña (pero perfecta, nunca me cansaré de repetirlo) biblioteca conservadora. Cuando la hayan completado, recuerden cerrarla con llave y no dejar nunca acceder a ella a su cuñado progre, je, je, je. Muchos fuman y suelen llevar un mechero encima y la tentación inquisitorial es difícil de resistir para ellos. Sobre todo con los libros que voy a recomendarles hoy, que son lo mejor de lo mejor para este anaquel nuestro que vamos a dedicar a los Estados Unidos. Vamos, que como los vea su cuñado no sólo le prende fuego a la biblioteca sino a usted también; los rojos cabreados son muy peligrosos, sobre todo cuando ponen los ojos en blanco, empiezan a echar espuma por la boca y se contorsionan antinaturalmente. (Pero también es cuando más divertidos resultan; se lo dice uno que ha logrado llevar a ese punto de suma desesperación a un par de ellos y lo recuerda como una de las experiencias más placenteras de toda su vida; ya saben, para mí el cabrear rojos debería ser deporte olímpico).

Sobre el pensamiento político conservador

Ustedes ya lo han leído alguna que otra vez en el encabezamiento de mi blog: “Cuando lo rebelde es ser conservador”. Ya saben también de mi amor por las paradojas, de mi devoción por G. K. Chesterton y de lo dispuesto que estaría a vender mi alma por poder hacer por una vez un chiste con gracia. Ser conservador es mi esencia y cada vez estoy más convencido de que uno nace conservador, pero se vuelve liberal (o sea, progre). Y que el liberalismo es como el amor, un estado del ánimo que ofusca por completo la capacidad de raciocinio de quien lo padece, impidiéndole ver lo que está delante de sus narices, apreciar los avisos de sus mejores amigos y de sus más queridos familiares en el sentido de que la chica en cuestión es fea, mala y bigotuda y no una belleza llena de bondad como nos empeñamos en creer, y que el resultado será una catástrofe y no media docena de adorables retoños. Pero no hay nada que hacer y el que se deja infectar por el virus del liberalismo, nunca más se recupera. Es por eso que no me fío de los conservadores que han llegado a nosotros previo paso por el liberalismo porque, de alguna manera, tarde o temprano sufren alguna recidiva y como los neocon, se convierten en conservadores de pega; meros rojazos haciendo de las suyas en el otro bando, pero rojazos al fin y al cabo, apasionados practicantes de la ingeniería social y sempiternos negadores de la libertad del ser humano para tomar sus propias decisiones.

En Estados Unidos, antes de los tiempos del Tea Party, los conservadores sólo teníamos un lugar al que ir y bien que íbamos porque era la mar de confortable: el Partido Republicano. Ahora eso ya no es así y los conservadores nos vemos obligados a acampar debajo de un puente y a la que pasa un RINOpublicano por encima, le tiramos una piedra antes de que él nos denuncie a los liberales para que nos apliquen la ley de vagos y maleantes. Triste situación la nuestra, pero hubo tiempos felices en que ambos convivíamos sin grandes problemas siempre y cuando Nelson Rockefeller mantuviera cerrada su grandísima bocaza. Grand Old Party. A History of the Republicans de Lewis Gould relata la historia del Partido Republicano desde su nacimiento hasta el ascenso de George W. Bush a la presidencia. No es un libro escrito desde el punto de vista de un conservador porque el autor no lo es en absoluto, pero sí es un autor lo bastante decente como para ser un historiador imparcial o al menos no más parcial de lo necesario. A mí me gustó su obra, incluso en los contados momentos en los que discrepaba de sus conclusiones, y le agradezco que me haya proporcionado tanta información y hasta que me aclarase más de una duda que llevaba años atormentándome. Además, es muy amena, fácil de leer y el editor fue lo bastante generoso como para usar un tipo de letra grande, algo que los que ya padecemos presbicia apreciamos en lo que vale. E incluye un buen puñado de chistes de época, lo cual tiene su gracia.

Pero aunque el partido conservador por excelencia en Estados Unidos haya sido siempre el Partido Republicano, el conservadurismo se extiende por muchos más sitios que meramente el GOP. De hecho, es más fácil ser conservador y no pertenecer al Partido Republicano que pertenecer. Ciertamente, para recopilar todo lo que tiene relación con el conservadorismo estadounidense se necesitaría una enciclopedia y como que yo no me corto ni un pelo a la hora de recomendar, es justamente una enciclopedia lo que voy a sugerirles ahora mismo: American Conservatism. An Encyclopedia, una obra del Intercollegiate Studies Institute (ISI) y que vale cada euro que cuesta. Consta de un solo volumen, pero en ese volumen encontrarán artículos sobre todas y cada una de las personas, ideas, corrientes de pensamiento, obras literarias, revistas y demás que puedan encuadrarse de alguna manera bajo el epígrafe “conservador” (no, todavía no incluye media columna dedicada a “Bob Moosecon”, pero no lo descarten en sucesivas ediciones). Por supuesto, no es una obra como para leerla de corrido, como si fuera una novela, pero sí para abrirla siempre que se tengan cinco minutos libres y aprender sobre Jerry Falwell, Books & Culture, Regnery Publishing, el evangelismo protestante o el control de la natalidad. Para mí, es una obra imprescindible. Junto con la de Boorstin que les he comentado más arriba, sin ella me sentiría perdido porque no entendería la mitad de las referencias que los estadounidenses utilizan habitualmente y que ellos dan por descontado que su interlocutor conoce de sobras. O sea, que me evita más de una metedura de pata. Y eso ya es mucho cuando uno trata de hacerse un nombre escribiendo sobre un asunto, la política estadounidense, que le es en gran medida ajeno.

Y para terminar nuestro curso acelerado sobre conservadurismo, si sólo pueden comprarse un libro sobre esta cuestión, cómprense este: The American Ideology. Taking Back our Country with the Philosophy of our Founding Fathersde Brian Vanyo. No es un libro conocido en demasía y reconozco que yo llegué a él después de una laboriosa búsqueda de libros sobre el tema y sin saber que existía siquiera. Me llamó la atención entre otras cosas porque es un libro escrito por un estadounidense normal y corriente, no por un autor reconocido. O sea, que se trata de un libro de lo más teapartier, nacido al calor de la protesta provocada por el intento de “transformación radical” de los Estados Unidos por parte de los progres. En él, Vanyo analiza los fundamentos de la filosofía política que dio lugar al nacimiento de los Estados Unidos, su plasmación inicial en la Declaración de la Independencia y su articulación posterior en la Constitución con el fin de preservarlos de toda alteración para que, a su vez, ellos preservaran la libertad del nuevo país. O sea, el meollo del conservadurismo. Si alguno de ustedes se pregunta por esa figura que tantas veces ha oído mencionar, incluso a nuestra Sarah Palin, del “ciudadano político” y quiere saber si es posible su existencia, Vanyo es un perfecto ejemplo. En su libro deja bien a las claras que el sentimiento de emergencia que una gran parte de la población estadounidense experimenta en estos tiempos no es consecuencia de una oleada de histerismo colectivo que lleva a algunos a ver marcianos comunistas por todas partes, sino que es una sensación real de que los Estados Unidos, los Estados Unidos que han conocido durante toda su vida y quieren que sus hijos conozcan también, corren peligro  de desaparecer y ser substituidos por otros Estados Unidos, unos que no quieren en cambio y que nadie en su sano juicio puede desear. Unos Estados Unidos contra los que Tocqueville bien que nos advirtió si no éramos capaces de defender la democracia (y la libertad) con uñas y dientes.

Sobre el liberalismo

Como quiera que hoy me siento especialmente combativo, vamos a colarnos en la otra trinchera. Ya saben que en una guerra, la mitad consiste en conocer al enemigo. Y nuestro enemigo es el liberalismo (dicho al modo estadounidense, claro; en nuestro caso, sería el socialismo). Por eso, nada mejor que debemos conocerlo bien y saber de qué pie cojea. Gracias a Dios, ya no es necesario que nos pongamos a leer ese tostón que es El Capital (yo lo hice durante mis años universitarios y no les puedo desear tanto aburrimiento porque el libro de marras resulta ser una mierda pinchada de un palo; no tiene ni una sola idea que valga la pena y si alguien dice lo contrario, miente) porque ahora contamos con gente de valía y de firmes convicciones conservadoras que han estudiado a fondo a esos tipos y los han calado bien y tras ello no sólo se han reafirmado en sus convicciones conservadoras sino que además nos lo han contado. Y es a ellos a quienes les remito.

Así pues, ¿quién puede hablarnos mejor sobre las debilidades de los progres? En mi opinión, Jonah Goldberg. Y por partida doble, encima. Su primer libro imprescindible (e implacable también) es muy conocido, pero en Estados Unidos que no aquí: Liberal Fascism. The Secret History of the Left from Mussolini to the Politics of Meaning. Puede que a alguno de ustedes le suene porque Sarah Palin nos regaló no hace mucho con la transcripción de un fragmento de su capítulo séptimo para ilustrarnos sobre la manera cómo realmente contempla la izquierda la cuestión del aborto (que, por descontado, no es como un “derecho de las mujeres”, sino como un mecanismo eugenésico con el que librarse de las razas inferiores –especialmente, los negros–). Miren, si yo tuviera poder, este libro sería de lectura obligada durante tres cursos seguidos en todas las escuelas españolas. No sólo porque desmonta eficaz y contundentemente esa falacia que pretende que es sólo la derecha la que está naturalmente inclinada hacia el totalitarismo y no la izquierda, sino también porque revela descarnadamente la mentira que supone el pensamiento político izquierdista y sus falsas apelaciones a la justicia y a la libertad cuando en realidad lo suyo es la injusticia más flagrante y la esclavitud más oprobiosa. Cómprenlo, léanlo, obliguen a sus hijos a leerlo también, a sus nietos si ya tienen edad, pónganlo como condición inexcusable en su testamento para que puedan heredar, hagan lo que sea, pero denles la oportunidad de descubrir la verdad más secreta sobre la política contemporánea: que la izquierda sólo nos quiere joder.

A un autor como Jonah Goldberg habría que darle el Premio Nobel. Y todavía no entiendo cómo es que no se lo han dado. Y ya de paso, que le den también el Premio Pulitzer, la Champions League y hasta el Festival de Eurovisión. Si con su libro anterior, Liberal Fascism, ya ha hecho méritos más que sobrados al revelar la desnudez impúdica del rey rojo, ahora con su siguiente obra: The Tyranny of Clichés. How Liberals Cheat in the War of Ideas, se demuestra aún más osado colándose en el sanctasanctórum del templo de la secta progre y haciendo pipí tan tranquilo en una esquina. Goldberg ya nos había descubierto la falsedad del pedigrí progre, ese por el que pretenden descender directamente de Jesús y no de Judas que es lo que les corresponde por traidores y falsarios; ahora nos revela además la impostura que suponen un par de docenas de sus lemas favoritos como esos de que “la violencia nunca es la solución”, “separación de iglesia y estado” o “el poder corrompe”. Y lo hace con tanta contundencia que su libro es como un peñazo de mil kilos caído sobre un tonto progre pidiendo firmas en la esquina para el “salario social”, pero también con tanto sentido del humor que uno empieza a reír y no puede parar y la próxima vez que venga su cuñado progre a casa, no podrá evitar la carcajada cuando lo vea con su sudadera del Che Guevara. Y de paso, tendrá argumentos para cerrarle la boca a cal y canto a la primera que le salga con alguna de sus simplezas habituales. Si es lo que yo digo, a Goldberg hay que ponerle un anaquel a él solo.

Y para terminar, uno que van a poder leer en español: La obsesión antiamericana de Jean-François Revel. Para que vean que aquí en el Viejo Continente todavía quedan personas sensatas por más que Revel haga ya algunos años que nos haya dejado. Con este libro, Revel intentó comprender por qué los Estados Unidos son tan detestados por una amplia mayoría de personas en todo el mundo, pero lejos de encontrar un motivo real, lo único que pudo encontrar es una combinación de estupidez, envidia, miseria moral e hijoputez que llevaba a personas supuestamente inteligentes a abominar de lo que más bien les ha hecho (esa libertad de Europa que los Estados Unidos han asegurado fundamentalmente durante los últimos cien años) y ansiar en cambio lo que únicamente puede hacerles daño (la conversión de Europa en un inmenso campo de concentración soviético –ruso que se dice ahora– al estilo de las gozosamente difuntas democracias populares del este de Europa). Lo malo es que no hay cura conocida todavía para la irracionalidad con tendencias suicidas cuando esta ya se ha apoderado de una nueva víctima, pero sí que es posible evitar el contagio si uno está suficientemente advertido desde el principio de que emborracharse no hace hombre, que la Agencia Tributaria es un peligro para la libertad y que el antiamericanismo es algo como los granos del acné, que dan mucho asco y afortunadamente no duran más que un par de años, precisamente los más tontos de nuestra vida. Y es que con el pus y el comunismo lo mejor que se puede hacer es tirarlos por el desagüe.

¡Qué no, que todavía no hemos terminado! Aún nos faltan media docena de libros más.

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