QUE DESAPAREZCA EL GOP DE UNA VEZ, POR FAVOR (II)

PalabraBobHay que reconocer una cosa y es que el siglo XX no fue nada bueno para los conservadores en Estados Unidos. Comenzamos el siglo con la detestable Progressive Era de las presidencias de Theodore Roosevelt, William Howard Taft y Woodrow Wilson, y no fue hasta finales de 1920 cuando pudimos remontar un poco el vuelo gracias a Warren G. Harding, Calvin Coolidge y Herbert Hoover. Luego llegó Franklin D. Roosevelt con su diabólico New Deal y la acabamos de cagar. Harry S. Truman fue más de lo mismo y aunque Dwight D. Eisenhower nos volvió a situar en el carril correcto, el mal ya estaba hecho y los Estados Unidos iban camino al desastre, cada día más parecidos a un país europeo en el que sus ciudadanos sólo saben contar con el aparato del gobierno para que sufrague sus necesidades. John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson siguieron el ejemplo de FDR y timaron a sus compatriotas tan bien como este último y con Richard Nixon y Gerald Ford incluso los propios republicanos cayeron en la trampa del estatismo, acabando con la última esperanza de que el Partido Republicano deshiciera tanto mal como se había hecho en años anteriores. James Carter fue una broma pesada en la lista de presidentes y gracias a Dios Ronald Reagan demostró lo que pudo haber hecho Barry Goldwater en los años 60 si las circunstancias hubieran sido otras: que aún quedaban personas sensatas entre los republicanos, que el conservadurismo no estaba muerto y que los propios estadounidenses todavía no estaban podridos del todo. Fue la última vez; George H. W. Bush dilapidó la inmensa herencia recibida de Reagan y el castigo a semejante desvergüenza fue Bill Clinton. Pero lamentablemente ese no fue bastante castigo y tras ocho años padeciendo a Clinton, aún tuvimos que sufrir a George W. Bush, el presidente republicano más demócrata de la historia, y a otro bicho aún peor que James Carter: Barack Obama, quien sigue en la Casa Blanca sencillamente porque los republicanos se han vuelto locos y ya no son capaces de distinguir la puerta de entrada ni aunque se la señalen con una docena de carteles luminosos.

Desde que Clinton llegó a la Casa Blanca, la historia del Partido Republicano es la historia de una enconada disputa entre dos facciones: la conservadora y la liberal. Los primeros quieren seguir con el ejemplo de Ronald Reagan y los hechos les dan la razón, puesto que con él como candidato el Partido Republicano ganó atronadoramente dos elecciones presidenciales seguidas; los segundos quieren borrar todo rastro de un presidente a quien no apreciaban en absoluto y al que consideraban un “burro amable”, aún incapaces de comprender cómo logró hacerse con la nominación republicana en 1980 y ganar las elecciones acto seguido. Como quiera que desde 1988, cuando Reagan terminó su segundo mandato, no ha surgido ninguna figura política de su talla, los republicanos liberales se las han prometido muy felices y pasito a pasito han ido copando los puestos de dirección del Partido Republicano hasta el punto que hoy, veinticinco años después, están tan enquistados en ellos que resulta imposible echarlos. Vamos, es que ni con agua caliente hay quien los separe de la poltrona.

El resultado es el que hemos ido viendo a lo largo de estos tristes años: un partido que ha perdido toda su sustancia y que ya no es más que mera apariencia. Ya no es sólo que sea demasiado tarde para que recupere sus mejores años, los de la década de los 80, sino que aunque pudiera, no querría. El Partido Republicano salió tan atemorizado de las “guerras culturales” de los años 60 y 70 que sólo personas individuales han sido capaces desde entonces de plantar cara a una izquierda que poco a poco, pero al mejor estilo apisonadora, se ha hecho con el mundo de la cultura en general, incluyendo los medios de comunicación. Ya nos dijo Andrew Breitbart que es la cultura lo que da forma a la política de una sociedad y mientras la cultura en Estados Unidos sea abrumadoramente izquierdista y no haya una alternativa vigorosa a ella, la política seguirá siendo abrumadoramente izquierdista también. Eso pesa y mucho. Es cierto que personalidades tan inspiradoras como la de Ronald Reagan sólo surgen de vez en cuando, pero mientras tanto, uno espera que sus sucesores sepan mantener el fuerte a salvo y eviten que los indios lo quemen. Ni caso; en el Partido Republicano de hoy en día, ya no es que no lo sepan defender y que ni siquiera se atrevan a coger los rifles y disparar un tiro por si acaso, sino que ya están todos probándose las plumas y ensayando la danza de la lluvia para unirse a los invasores y pretender así pasar por indios de toda la vida, ofrendando la apertura de las puertas del fuerte para hacerse perdonar los años en que han llevado uniforme azul (léase demócratas donde digo indios y la lectura será más irritante).

RIP GOP

El fuerte es el Partido Republicano evidentemente y el 7º de Caballería que lo guarda es el Republican National Committe (RNC, Comité Nacional Republicano). El fuerte está abarrotado de colonos que son los pobres desgraciados que pagan sus cuotas mensualmente y hacen todo el trabajo, aunque hay unos cuantos de esos colonos, que gustan de ondear su propia bandera, una amarilla que llaman la Gadsden Flag y que se conocen entre ellos como teapartiers, que no dejan de gruñir y cada vez están más escamados de que los soldados les miren peor a ellos que a los indios. Siempre ha sido así, la verdad; sólo durante los años de Reagan fueron bien vistos por los soldados aunque tan pronto como Reagan se retiró y ellos votaron por su vicepresidente, George H. W. Bush, creyendo que lo estaban haciendo por un tercer mandato de Reagan, resultó que tuvieron que darse buena prisa en deshacerse de él antes de que los vendiera a todos los indios y hasta les cortara la cabellera él mismo.

Desde entonces, un conservador nunca ha estado muy seguro en el Partido Republicano y más le valía estar atento a lo que pasara a sus espaldas. La prueba de que no es manía persecutoria la tuvimos en la pasada Convención Nacional Republicana celebrada en agosto de 2012 en Tampa (Florida). Allí, definitivamente, el 7º de Caballería, los soldados del establishment republicano (que coincide sospechosamente con el demócrata, ya que ambos son los mismos perros con diferente collar) se arrancaron de una vez por todas la guerrera y nos exhibieron sus plumas y sus pinturas de guerra al grito de: ¡El único teapartier bueno es el teapartier muerto! Aquel fue el primer tiro en serio que se disparó el GOP a sí mismo.

Todo comenzó durante la reunión habitual del Comité de Reglas de la Convención Nacional Republicana (Republican National Convention’s Rules Committee), que se reúne a cada convención nacional para establecer las normas de funcionamiento interno del Partido Republicano para los próximos cuatro años. Normalmente estas reuniones son rutinarias, habiendo poco que contar, pero en este año la reunión fue cualquier cosa menos rutinaria. Y es que para sorpresa de propios y extraños, algunos miembros del comité estrechamente vinculados al establishment, así como otros pertenecientes al equipo de Mitt Romney, el futuro nominado como candidato a la presidencia de Estados Unidos, hicieron unas propuestas que no dejaron de poner los pelos de punta al resto de miembros.

Fundamentalmente los cambios se referían a la hasta entonces regla nº 15 (rule 15), referida al proceso de selección de los delegados asistentes a cada convención nacional. Desde siempre, esos delegados eran elegidos por el Partido Republicano de cada estado de acuerdo con sus propias normas de selección, estando más o menos comprometidos a votar por un candidato en particular de acuerdo con las condiciones de las primarias de su estado; si los resultados obligan a los delegados, estos no tienen más remedio que votar en tal sentido, mal les pese. Sin embargo, a veces se producían situaciones embarazosas cuando un delegado “comprometido” se negaba a hacer honor a ese compromiso y acababa votando por otro candidato diferente.

La propuesta presentada ante el comité de normas, y que debido a la necesidad de renumerar el conjunto de reglas iba a ser la regla nº 16 (rule 16), contemplaba que cada candidato a la presidencia pudiera vetar a los delegados que iban a acudir en su nombre si estos no eran de su agrado, con lo que esto suponía de capacidad de unos pocos para controlar la acción del Partido Republicano de cada estado. Para defenderla, los proponentes alegan el hecho de que a veces había delegados que rompían su compromiso, tal y como ya les he contado antes, y que eso era un hecho que debía evitarse por lo que suponía de vulneración del proceso de primarias y sus resultados legítimamente aceptados. No era un mal argumento, pero lo que subyacía debajo de él era la intención de enviar a la convención únicamente a delegados que no planteasen problemas, que se limitasen a votar en el sentido que les ordenasen y a callar, “borreguiles” vamos. Y esto se hacía justo cuando el establishment republicano se veía desafiado por un número creciente de delegados conservadores y libertarios, poco dispuestos a ceñirse al guion que les dicten desde arriba y muy capaces de provocar un alboroto en plena convención y hasta de hacer uso de su voto como les viniera en gana.

No tardaron en sonar las alarmas y, principalmente a través de Michelle Malkin (todas las pequeñajas son peleonas), la oposición se organizó y se dispuso a evitar el peligro. Luego se supo que no sólo era esa regla nº 16 la que nos amenazaba, sino que además había otra tan o más peligrosa que esta: la regla nº 12 (rule 12). Esta era un auténtico cheque en blanco puesto que establecía que el RNC podía cambiar a su gusto cualquier regla en cualquier momento entre convenciones. Terrorífico, ¿verdad? Pues ahí estaba.

Por supuesto, hubo pelea. Por supuesto, hubo juego sucio. La pelea la pusieron los activistas conservadores y libertarios presentes en la convención, que se deslomaron en su intento de evitar que esas enmiendas a las reglas fueran siquiera sometidas a votación. El juego sucio lo pusieron los del establishment y los del equipo de Romney, que se hartaron de presionar a los miembros más reacios del Comité de Reglas y hasta a jugar hasta un poco más allá del límite con las reglas de funcionamiento del propio comité. Michelle Malkin, mientras tanto, no dejaba de retransmitir prácticamente en directo lo que estaba sucediendo y hasta Sarah Palin advirtió a través de su página personal en Facebook de lo que nos estábamos jugando con esas dichosas enmiendas; básicamente se trataba de evitar que “personal no autorizado” (es decir, conservadores y libertarios, especialmente los protestones que no se conforman con comprarse un perrito caliente y una Coca-Cola, poner cara de felicidad y aplaudir a todas horas) pudiera colarse en futuras convenciones y plantear problemas.

Durante varios días continuó el toma y daca entre conservadores y liberales y finalmente se llegó a un acuerdo sobre la regla nº 16 (rule 16), eliminando los liberales la posibilidad de que los diferentes candidatos presidenciales disfrutaran de ese poder de veto sobre los delegados de cada estado, pero accediendo los conservadores a que se castigara a los delegados “traidores”, aquellos que estando “comprometidos” a votar por un determinado candidato, no lo hacían así. En ese caso, no sólo su voto era anulado sino que él mismo era despojado de su condición de delegado. De esta manera, la composición de las diferentes delegaciones seguía siendo competencia de cada Partido Republicano estatal, pero los candidatos a la presidencia se aseguraban que su poder en la convención no se veía disminuido a última hora por el motivo que fuera.

Sin embargo, si los “malos” accedieron a revisar el texto de la regla nº 16, sobre la regla nº 12 no dieron su brazo a torcer. Algunos pretendieron hacernos creer que era una regla inofensiva y que era en beneficio del partido, que no de algún candidato a la presidencia. Así, el texto final de la regla nº 12 decía que el RNC tendría la capacidad de cambiar cualquier regla de funcionamiento del Partido Republicano siempre y cuando dicho cambio fuera aprobado por las ¾ partes del comité y que ningún cambio de ese tipo podría llevarse a cabo con posterioridad al 30 de septiembre de 2014.

Hubo quien pensó que todo era una trampa y que la disputa sobre la regla 16, a la que se había dado mucha publicidad, no era más que un señuelo del que el establishment estaba dispuesto a deshacerse sin problemas porque lo que en verdad le interesaba era aprobar la regla 12. Y es que aprobando esa regla, tanto daba que no se aprobara la 16 porque el RNC podría aprobarla por su cuenta cuando le viniese en gana, sin tener que contar antes con el beneplácito de nadie; ni de los votantes, ni de los partidos estatales. Solamente un puñado de intrigantes en una habitación cerrada y a altas horas de la madrugada, como en las mejores películas de mafiosos.

Y aún había más, otra propuesta de modificación de las reglas preparada que preveía que en los próximos procesos de primarias, se celebrasen primero todas las del tipo “winner-takes-all”; o sea, todas aquellas en las que el candidato ganador se lleva todos los delegados, no habiendo reparto de estos entre los distintos candidatos de acuerdo con la proporción de votos obtenidos por cada uno. Es fácil suponer que en un supuesto así, las primarias se convertirían en un chiste puesto que no habría manera de que un candidato minoritario pudiera dar la sorpresa y ganar impulso a base de arañar delegados primaria tras primaria y, quién sabe, acabar descabalgando al candidato mayoritario. Vamos, que lo que pasó el año pasado con Rick Santorum y con Newt Gringrich no podría volver a suceder y que Mitt Romney hubiera sido el nominado republicano con toda certeza aún antes de llegar siquiera al Super Tuesday. O sea, otra vuelta de tuerca a los candidatos conservadores y libertarios, que se verían reducidos a la impotencia desde el principio.

Finalmente, esta última propuesta no llegó a presentarse al comité; sin duda, los ánimos ya estaban bastante revueltos. Pero la regla 12 de las narices continuó su proceso contra viento y marea y acabó siendo aprobada en el comité y llegó al pleno de la convención nacional, donde debía votarse definitivamente. Sí, Estados Unidos es el paraíso de la tecnología, pero el pleno de la convención nacional vota a gritos, lo cual es un bochorno. John Boehner era el presidente y John Sununu estaba ahí también para velar por los intereses de Romney. Se procedió a poner en votación la regla nº 12 y el resultado fue que hubo una mayoría de voces gritando “no”, pero Boehner se pasó la convención por el arco de triunfo y dictaminó que habían ganado los del “sí”. Manda huevos, ¿no?

De esta forma, las nuevas reglas 12 y 16 entraron a formar parte del ordenamiento establecido y aquí estamos, esperando a que el RNC (sobre todo ahora que Reince Priebus, la marioneta de Karl Rove) se decida a usar de su mal ganado derecho a hacer lo que le salga de las narices. Y no me vengan con que el listón de las ¾ partes del RNC asegura que no se hará mal uso de dicho poder porque todos sabemos que el RNC es una ficción y que lo que el chairman del RNC (o quien le manda) quiere, lo consigue. Total, sus miembros son todos apparatchiks y la presidencia del RNC permite disponer de muchas posibilidades de recompensar a los leales.

Posiblemente todavía sea pronto para que ese “golpe de partido” (como lo llamé yo en su momento) se ponga en marcha, pero tenemos una fecha límite para ello: el 30 de septiembre de 2014, justo al término de la sesión de primarias para las elecciones del midterm de ese año. Para entonces muy seguramente nos encontraremos con una modificación de la regla nº 16 en el sentido que pretendía el establishment durante la convención nacional y una modificación del calendario de primarias para que se celebren en primer lugar las del tipo “winner-takes-all”. Sobre la primera, no habiendo un presidente republicano en la Casa Blanca que tenga que defender su candidatura en 2016, ya no es tan importante ahora (de hecho, la intención de esa regla era proteger a Romney contra un posible candidato republicano rebelde que le desafiara en 2016), aunque cuando el establishment decida quién debe ser su candidato a la presidencia ese año, Chris Christie o Jeb Bush, igual deciden recuperarla. Sobre la segunda, que se acabará imponiendo está más claro que el agua y eso no es una premonición mía, sino que el propio RNC nos lo ha dicho claramente a todos porque aparece en su recientemente publicada “autopsia” (autopsy) y lo veremos en la próxima entrada.

Y es que si no tuvieron bastante con pegarse un tiro durante la convención nacional, dejando claro a los conservadores y libertarios que no somos bienvenidos y que van a hacer lo imposible por echarnos de allí, ahora van y se pegan otro. ¡Joder, una “autopsia”, las autopsias se hacen a los muertos y nunca nadie a quien se le ha practicado alguna se ha recuperado de la experiencia! ¿Es un lapsus freudiano o es que ya quieren prepararnos a todos para lo que va a venir?

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