VAMOS A ABRIR UN DEBATE: TERCER PARTIDO, ¿SÍ O NO? (I)

PalabraBobMi amiga teapartier C. me llamó la atención el otro día sobre una serie de artículos recientemente publicados en Breitbart News por un tal Virgil. Es cierto que ya los había visto, pero como que se trata de una serie de cinco artículos y por aquel entonces sólo había publicado los dos primeros, le contesté que esperaba a leerlos cuando estuvieran todos publicados, para así ahorrarme la intriga. C. es una amante de las novelas policíacas y nunca deja que una buena intriga se le pase por alto, así que me obligó a leerlos quieras que no. En realidad, son unos artículos muy buenos y que, como quiera que sirvieron para iniciar un animado intercambio epistolar (que todavía sigue) entre C. y yo sobre qué debía hacer el movimiento Tea Party a partir de ahora, si seguir como está o constituirse como un nuevo partido político, he pensado que ese debate tenía que trasladárselo a todos ustedes, que a buen seguro tienen opiniones muy interesantes al respecto.

Así pues, hoy les ofrezco traducidos los dos primeros artículos de Virgil. Mañana domingo publicaré otros dos. Y el lunes, el último. Luego, cuando ya los tengamos todos, les daré mi propia opinión, que no coincide en muchas cosas con la opinión de Virgil, sobre todo en cuanto al futuro del Tea Party se refiere, pero que coincide plenamente con la de C., quien, por otra parte, ya lleva tiempo discutiendo sobre este dilema con sus compañeros en su propia organización local del movimiento.

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Léanlo y reflexionen sobre ello; recuerden que eso, la capacidad de pensar por su cuenta y sacar sus propias conclusiones, es lo que diferencia al hombre del progre, je, je, je. Y cuando hayan llegado a esa conclusión, cuéntenla aquí para que todos podamos conocerla. Si hay suficientes comentarios al respecto, les prometo preparar una entrada especial relacionándolas todas y hasta glosándolas.

¿ESTÁ ESTADOS UNIDOS LISTO PARA UN NUEVO TERCER PARTIDO?

¿Está el estadounidense listo para un tercer partido fuerte? Si es así, ¿de qué tipo? ¿De qué ideología? ¿Derecha? ¿Izquierda? ¿Centro?

Una cosa es segura: En general, la gente está furiosa. De acuerdo con una encuesta de enero realizada por el Pew Research Center for the People & the Press, el 53% de los estadounidenses piensan que el gobierno federal pone en peligro sus derechos y libertades personales. Esta es la primera vez en la historia de los datos de Pew, podemos señalar, en que una mayoría se ha sentido tan amenazada por su propio gobierno.

Mientras tanto, según la misma encuesta de Pew, sólo el 26% de los estadounidenses dicen que pueden “confiar en el gobierno siempre o la mayor parte del tiempo”, mientras que el 73% dicen que pueden confiar en el gobierno “sólo una parte del tiempo” o que “nunca” pueden confiar en él.

Estos hallazgos no parecen muy favorables para los electos o para el establishment en general. Y así, mirando estos datos, uno podría haber pensado que el presidente Barack Obama lo iba a tener difícil para ganar la reelección el año pasado. Pero, por supuesto, Obama tuvo la suerte de ser desafiado por un hombre que parecía ser aún más una parte del establishment, Mitt Romney.

Sin embargo, de cara a las elecciones del midterm de 2014, los miembros del Congreso de ambos partidos podrían sentirse un poco nerviosos por aún otro dato de Pew que muestra que sólo el 23% de los estadounidenses aprueban a la cámara legislativa nacional. Sin duda, la aprobación de los legisladores individuales es mucho más alta, pero cuando la desaprobación general es tan alta, existe la clara posibilidad de que unas elecciones del tipo “echemos a los vagos” estén en camino.

Mientras tanto, observadores reflexivos y periodistas están tratando de explorar algunas de las implicaciones de estos datos, incluida la posibilidad de un vuelco pacífico de nuestro duopolio de dos partidos. Uno de esos comentaristas es Doug Sosnik, un veterano activista demócrata que ejerció como director político en la Casa Blanca de Clinton. En una nota del 12 de febrero, Sosnik escribió sobre una profunda alienación:

La amplia desilusión del público con nuestras instituciones y liderazgo político se destaca por su baja estima de nuestros partidos políticos. Esto es particularmente cierto para los votantes más jóvenes (30 años de edad y menores) que representan a una nueva generación de liderazgo.

Luego añadió que esta alienación podría poner en peligro la posición de ambas partes:

A pesar de que el Partido Republicano está en caída libre, la posición del Partido Demócrata en el electorado sólo se ha beneficiado marginalmente de su desgracia. El amplio sentido de alienación deja una puerta muy abierta para un candidato presidencial de un tercer partido…

Mientras tanto, el veterano reportero Ron Fournier, que ahora escribe para el National Journal, ha contemplado dos escenarios muy diferentes de cambio en un par de artículos recientes.

En un artículo del 14 de enero titulado, “Hablando sobre revolución: 6 razones por las cuales el sistema de dos partidos puede quedarse obsoleto”, Fournier trataba la perspectiva de un tercer partido emergente en el centro político, declarando: “Una revolución se está gestando: una no-violenta conmoción pública que fuerza el cambio desde dentro de la estructura de los dos partidos o lo usurpa”. Y concluyó:

Una de las dos cosas es probable que suceda: los partidos existentes se adaptarán espectacularmente a los nuevos tiempos (y un Partido Republicano desafiado demográficamente es el que tiene el mayor camino por recorrer) o los electores exigirán y obtendrán alternativas. Una candidatura presidencial independiente es cada vez más probable. El surgimiento de nuevos partidos no está fuera de cuestión.

Y luego, un mes después, el 14 de febrero Fournier lanzó un mensaje no-tan-de-San-Valentín dentro del propio territorio del Partido Republicano. Sus fuentes le decían que era muy probable que el senador Rand Paul (R-KY) o algún otro teapartier pusiera en marcha una “candidatura presidencial independiente revienta-partido” en 2016.

Algunos de la derecha, seguramente, podrían preguntarse cómo es que Fournier consiguió esa historia en primicia, por delante de periodistas y bloguistas más cercanos al movimiento. Sin embargo, si alguien realmente se postulara como candidato de un tercer partido en 2016, eso sería un bombazo, ya que dependiendo de su punto de vista, significaría: a) condenar las esperanzas del GOP para reconquistar la Casa Blanca, o b) dar al establishment republicano una lección.

¿Así que un republicano que vaya por su cuenta? Tendremos que esperar y ver. Pero, mientras tanto, podemos echar un vistazo a la fascinante historia de las candidaturas de terceros partidos. Como veremos en la próxima entrega, los terceros partidos casi siempre tienen un impacto y a veces incluso ganan.

Y este es el segundo artículo:

¿ESTÁ ESTADOS UNIDOS LISTO PARA UN NUEVO TERCER PARTIDO? LOS TERCEROS PARTIDOS EN LA HISTORIA DE ESTADOS UNIDOS Y LO QUE SIGNIFICAN

En la entrega anterior, se analizaron los rumores actuales en la capital sobre terceros partidos en el centro y en la derecha.

En la historia de EE.UU., los terceros partidos han surgido cuando un sector descontento de la población sentía que no tenía verdadera voz en el interior de los dos partidos existentes, por lo que debía encontrar una nueva voz en un nuevo partido. Normalmente, el tercer partido tiene su momento bajo el sol y luego uno de los dos partidos establecidos coopta su mensaje y alista a sus miembros, por lo que el tercer partido desaparece. Sin embargo, en raras ocasiones, los viejos partidos no pueden cooptar el nuevo mensaje, por lo que el tercer partido de hecho desplaza a uno de los dos partidos.

Tal fue el caso, por ejemplo, en 1854, cuando se el creciente fervor abolicionista en el Norte chocó con la realidad de que el Partido Whig, después de haber dominado el Norte durante décadas, no podía decidirse sobre la cuestión de la esclavitud. Mientras tanto, el Partido Demócrata dominado por el Sur permaneció firmemente a favor de los “derechos de los estados”, lo que significaba, en la práctica, la continuación de la esclavitud en Dixie. Y así, el Partido Republicano surgió como un tercer partido; nombró a  un candidato presidencial dos años más tarde que terminó segundo en unas elecciones de tres candidatos. Y cuatro años después, en 1860, los advenedizos republicanos eligieron a Abraham Lincoln. Para entonces, el Partido Whig se había derrumbado por completo y en el Norte, por lo menos, la mayoría de sus miembros se convirtieron en republicanos.

En otras palabras, el Partido Republicano había llegado desde la condición de tercer partido a primero en un suspiro; desde 1860 hasta 1912, el Partido Republicano ganó 11 de las 13 elecciones presidenciales contra los demócratas.

Sin embargo, dominante como fueron los republicanos durante el medio siglo posterior a la Guerra Civil, ellos no hablaban por todos, especialmente en los estados de las llanuras y el Oeste. Y tampoco lo hacían los demócratas, que todavía arrastraban el estigma político de la rebelión.

En la década de 1870, millones de estadounidenses llegaron a ver al Partido Republicano como el campeón de las grandes empresas, especialmente los ferrocarriles. Además, las duras políticas monetarias republicanas, una firme adhesión al patrón oro, causaron la deflación de los precios y, por lo tanto, el perjuicio de los deudores, quienes tuvieron que pagar sus deudas en dólares cada vez más caros. Nuevos grupos, llamándose a sí mismos el Partido Popular o los Populistas, o alguna variante del mismo, surgieron por todas partes salvo en el Nordeste; exigían una mayor regulación de los negocios y, en efecto, más inflación a través del uso de la plata, además del oro, para respaldar la moneda de EE.UU. Era una plataforma radical para la época, situando a los populistas a la izquierda de los demócratas de la época en materia económica.

Los Populistas nunca estuvieron bien organizados, pero fueron capaces de ganar la condición de tercer partido en muchos estados y, como resultado, fueron capaces de elegir a sus candidatos a cargos estatales y federales.

En las elecciones presidenciales de 1892, el ex congresista republicano por Iowa James B. Weaver, que se presentaba por el Partido Popular, ganó un 8,5% de los votos y un total de cuatro estados, contra el entonces presidente republicano Benjamin Harrison y el candidato demócrata Grover Cleveland.

Cleveland ganó las elecciones y en los siguientes cuatro años sucedió algo interesante: la mayoría de los Populistas se unieron al Partido Demócrata, inspirados por “The Great Commoner”, William Jennings Bryan, un ex congresista demócrata por Nebraska. Fue Bryan quien electrizó a las masas con su legendario discurso en la convención demócrata de Chicago: “¡No empujes en la frente del trabajo esta corona de espinas; no crucifiques a la humanidad en una cruz de oro!”, agitó Bryan con éxito,  pero perdió las elecciones presidenciales de 1896 y perdió de nuevo en 1900 y 1908. Aún así, para bien o para mal, los Populistas se habían integrado en su mayoría en el Partido Demócrata.

Ese es un patrón-clave que podemos ver una y otra vez: cuando un tercer partido gana tracción, uno de los dos grandes partidos lo coopta. Y es por eso que no ha habido ningún tercer partido que emergiera como una fuerza seria desde la ruptura de los republicanos en 1860.

En 1912, el ex presidente republicano Teddy Roosevelt intentó con fuerza el lanzar un nuevo partido, el Partido Progresista, que ganó el 27% de los votos y seis estados ese año. El Partido Progresista pronto desapareció, sin duda, pero, no obstante, dejó un legado. Las elecciones presidenciales del 12 rompieron el férreo control de los republicanos sobre la Casa Blanca y también pusieron una idea nueva e importante en la agenda pública: el seguro nacional de salud. El Partido Demócrata, por supuesto, pronto tomó la idea y el resto es historia: todo el camino hasta Obamacare un siglo después.

Podemos observar un patrón distinto en los políticos de terceros partidos desde 1870 y hasta la década de 1920; los terceros partidos estaban casi en la izquierda. Por tanto, podemos concluir que fue la izquierda, desde los populistas a los progresistas, a socialistas y a comunistas, la que se sentía más ignorada por los republicanos y los demócratas de la época. En efecto, la llegada de Franklin D. Roosevelt y el New Deal puso a los terceros partidos a su izquierda a hibernar; ¿quién los necesitaba si los demócratas de Roosevelt iban a realizar muchas de las mismas metas?

Sin embargo, si el Partido Demócrata de la era del New Deal se estaba moviendo hacia la izquierda, ¿qué iba a pasar con un tipo más viejo de demócratas, los del Sur? La gente de la vieja Confederación no era probable que se agregaran a los organizadores sindicales e integradores de derechos civiles. Así que una vez más, un gran bloque de votantes estaba en movimiento.

A principios de la década de 1940, el péndulo ideológico había comenzado a oscilar de nuevo. Ahora era en la derecha en la que crecía la inquietud. En 1948, Strom Thurmond, el gobernador demócrata de Carolina del Sur, un aguerrido veterano de la Segunda Guerra Mundial que había saltado en paracaídas en las playas de Normandia cuando ya tenía sus 40 años, abandonó a los demócratas en protesta por la política a favor de los derechos civiles del presidente Harry Truman. Thurmond vio al candidato republicano ese año, Tom Dewey, como otro liberal yanqui más y así encabezó la candidatura del “Dixiecrata” (formalmente, el Partido Demócrata de los Derechos de los Estados) en las elecciones de noviembre, ganando cuatro estados del sur, a pesar de que no pudo evitar que Harry Truman fuera reelegido.

El partido Dixiecrata desaparecido, pero comenzó la migración de los demócratas del Sur al Partido Republicano; Thurmond apoyó al republicano Dwight Eisenhower en 1952 y oficialmente cambió de partido una docena de años más tarde en solidaridad con el republicano Barry Goldwater. En 1968, George Wallace, el futuro gobernador demócrata de Alabama, no conforme con ser republicano, intentó iniciar otro tercer partido, el Partido Independiente Americano, pero después de una fuerte presencia regional en las elecciones generales del 68, ese partido fracasó también. En 1972, el republicano Richard Nixon ganó todos los estados del Sur en un terremoto electoral. En los años 90, los republicanos fueron totalmente dominantes en Dixie.

En el camino, por supuesto, los republicanos del Sur se habían vuelto mucho más conservadores, apagando así los posibles terceros partidos a su derecha. Y al mismo tiempo, los demócratas de después del New Deal se habían quedado firmemente a la izquierda, apagando los terceros partidos a su izquierda.

Así que podemos ver, una vez más, que un movimiento por un tercer partido entra en erupción y luego disminuye, consolidándose en uno de los dos grandes partidos. Este ha sido el patrón por un siglo y medio. Hasta ahora, por lo menos, tanto los demócratas como los republicanos han sido eficaces en la cooptación de las nuevas oleadas de entusiasmo.

Y es por eso que el grupo más reciente con un resentimiento contra el status quo, la gente en el centro, han tenido dificultades para romper.

En 1980, el congresista republicano liberal John Anderson de Illinois se presentaba contra Ronald Reagan por la nominación presidencial del Partido Republicano. Anderson perdió esa apuesta, por supuesto, pero durante el curso de su campaña en las primarias republicanas, se ganó la atención de los medios de comunicación y un caluroso seguimiento en los barrios yuppies. Aunque no era conservador, tampoco era un verdadero liberal. De hecho, él estaba mucho más en sintonía, culturalmente, con muchos estadounidenses ricos que Reagan o el electo y cristiano renacido Jimmy Carter.

Así que Anderson eligió presentarse como candidato independiente en las elecciones generales del 80. En su apogeo, obtuvo porcentajes de voto del 20%, aunque cerca del día de las elecciones había caído a menos del 7% en la votación real. Sin embargo, era posible ver en la candidatura de Anderson a una clase de yuppies descontentos trabajadores del conocimiento que se sentían alienados de ambas ortodoxias, la demócrata y la republicana. Por un breve momento a mediados de los 80, parecía como si el senador Gary Hart (D-CO) pudiera ser capaz de capturar esa media clase post-industrial, pero luego, por supuesto, Hart se disolvió en su propia confusión sexual.

Luego vino Ross Perot como un centrista-populista independiente en 1992, centrándose en la economía sin tener en cuenta las cuestiones sociales. Ganó casi el 20% de los votos, la mejor actuación de un tercero desde Teddy Roosevelt en 1912,  y dada su lujosa campaña electoral auto-financiada, posiblemente podría haber ganado si no hubiera sido, digamos, un excéntrico.

Sin embargo, el éxito relativo de la campaña de Perot demostró que había/hay una brecha en el centro, para los candidatos que se centran en temas compartidos por todos, como la reducción del déficit, al tiempo que evitan la discusión de temas candentes sociales.

De hecho, Perot abrió otra puerta en el centro: a nadie parecía importarle que estaba gastando su propio dinero en los años 90 y por eso, desde entonces, cada vez más “auto-financiadores” han salido, la mayoría de ellos con la promesa de poner su experiencia empresarial a trabajar en la política. Y así abundaron los rumores, de hecho, sobre que otro autoproclamado centrista independiente, Michael Bloomberg, mucho más rico que Perot, podría presentarse como un pragmático candidato presidencial independiente en 2008 o 2012.

Bloomberg nunca se presentó, por supuesto, y fue sincero en cuanto a por qué: no creía que pudiera ganar. No se puede conseguir algo mucho más pragmático que eso.

Así que ahí es donde estamos hoy: los dos grandes partidos han apisonado a los espíritus inquietos en sus respectivos bordes ideológicos o al menos piensan que lo han hecho. Sin embargo, mientras tanto, el centro burbujea con entusiasmo por algo nuevo, atizado por la sensación de que el dinero nuevo y la nueva tecnología podrían abrir nuevas posibilidades electorales.

Echaremos un vistazo a ese centro inquieto en la próxima entrega.

Mañana tendremos las dos siguientes entregas. Hasta aquí creo que todos estamos de acuerdo con Virgil. Mañana empezarán las discrepancias; al menos, las mías (y las de C. también, pero ella es más bravía que yo: yo sólo quiero incendiar el GOP; ella tiene ideas más… expeditivas, ¡glups!).

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