LA PERFECTA BIBLIOTECA CONSERVADORA: LOS CLÁSICOS (VII)

LibrosBobHoy tenemos un libro difícil, I’ll Take My Stand [Voy a tomar partido]. Y lo es porque toca de lleno los fundamentos de la sociedad moderna y no para bien precisamente. Reconozco que cuando supe de él, mi primera reacción fue darlo de lado, pensando que se trataba meramente de los lamentos de un puñado de trogloditas. Luego, según fui sabiendo más, empezó a interesarme y, por fin, tras decidirme a comprarlo y leerlo, me convenció. Miren, si quieren que les sea sincero, de todos los libros que llevamos reseñados, éste es el que más me ha hecho reflexionar y sobre aspectos que constituían la base de mis creencias. No ha sido fácil y más de una vez he estado tentado a evitar cuestionarme sobre ellas porque no me gustaban las conclusiones a las que llegaba. Pero finalmente lo hice, asumí esas conclusiones y ahora me siento mucho más en paz conmigo mismo y hasta han desaparecido algunas desazones que me atormentaban habitualmente y que no sabía a ciencia cierta a qué respondían. Ahora sé que se trata de mi descuerdo fundamental con el mundo en el que vivimos y que ese desacuerdo no es un síntoma de algún desarreglo mental que pudiera padecer, sino la expresión de mi alma negándose a dejarse callar bajo una lluvia de falsas satisfacciones materiales. Ciertamente aún mantengo algunas discrepancias con alguno de los autores aquí y allá, pero comparto plenamente la base fundamental de su argumentación. Y no sólo yo, algunos autores modernos, como Victor Davis Hanson, se hacen eco de esa argumentación y la han expuesto modernamente. Por supuesto, es imposible encontrar una edición en español… como siempre.

Twelve Southerners

Los autores, Twelve Southerners (“Doce Sureños”)

I'll Take My Stand

Pulse sobre la portada del libro para acceder a su página web en Amazon y adquirirlo. Por cierto, los que lo adquieran, sáltense la aborrecible introducción de Susan Donaldson que no sabe de qué va todo esto y escribe idioteces sobre unos autores según ella “asustados” por la movilidad social de los negros y las mujeres modernas. Delirante… Ahórrensela, de verdad. Sé que hay otra edición anterior con una buena introducción de Louis Rubin, pero no he logrado localizarla.

I’LL TAKE MY STAND

Un simposio de 1930 que llamó la atención sobre la destructiva influencia del industrialismo estadounidense sobre las instituciones y tradiciones del Sur, I’ll Take My Stand: The South and the Agrarian Tradition fue publicado originariamente bajo la autoría de “Doce Sureños”, cuatro de los cuales–Donald Davidson, John Crowe Ransom, Allen Tate y Robert Penn Warren–han sido figuras preeminentes del grupo poético de los “fugitivos” que floreció brevemente en los años 20 en la Vanderbilt University. Los otros contribuidores fueron el poeta John Gould Fletcher, el escritor y economista Henry Blue Kline, el psicólogo Lyle Lanier, el novelista Andrew Nelson Lyttle, los historiadores Herman Clarence Nixon y Frank Lawrence Osley, el biógrafo John Donald Wade y el autor teatral, poeta y crítico literario Stark Young.

En la diversa colección de entregas que componen I’ll Take My Stand, sólo la introducción de Ransom “Declaración de Principios” recoge puntos de vista compartidos formalmente por todo el grupo. Sin embargo, soterrada en el amplio espectro de ideas del simposio sobre filosofía, arte, religión, economía e historia subyace la premisa de que las modernas nociones de progreso están en guerra con la civilización tradicional y que el Sur, como la región menos afectada por esta guerra, está a la cabeza de su defensa en solitario. Los Agraristas sureños, como los participantes en el simposio fueron conocidos, discutieron sobre el asunto con los abogados del “Nuevo Sur” que buscaban asimilar la región al modo de vida “industrial” o “americano”. Argüían que la biblia del progreso a través de la ciencia y la tecnología elevaba la persecución del confort materialista por encima de los valores espirituales y artísticos al tiempo que depositaban una peligrosa cantidad de confianza en la habilidad del hombre para construir su propia utopía.

Los autores no rechazaban completamente la innovación mecánica y la investigación científica, pero sí que protestaban contra el hacer de ellas el fin, más que un medio, de la vida. La sociedad moderna, desde el punto de vista agrarista, había sucumbido a un perpetuo estado de pionerismo e invención con poca preocupación por la calidad de vida que era lo que el así llamado “progreso” significaba. Los dispositivos ahorradores de tiempo y la división del trabajo incrementan la productividad pero a menudo ciñen a los trabajadores a rutinas repetitivas. Responsables de sólo una fracción del proceso completo, obtienen poca satisfacción de su tarea. La compensación que la sociedad industrial ofrece para este monótono empleo es más “tiempo libre”, pero no el “ocio” tradicionalmente entendido.

Para justificar una organización industrial que incrementa la productividad a expensas de la dignidad humana, los bienes y servicios que se crean de más deben ser consumidos. Los publicistas modernos necesitan apartar a la sociedad de la reflexión seria apelando a sus apetitos. Los Agraristas arguyeron que el consecuente declinar del gusto popular y de la sensibilidad artística no podía contrarrestarse con los progresistas esfuerzos de la educación y el patronazgo institucionalizado porque tales medidas apuntaban en sí mismas al consumo masivo y, por tanto, hacia el mínimo común denominador. Las consecuencias de sucumbirá al ideal industrial, como escribió Davidson, es una vida dividida entre un trabajo “mecánico y embrutecedor” por un lado y un entretenimiento vulgar que se “afronta como un alivio nervioso”.

En contraste, una sociedad agrarista ofrece una mayor armonía entre la existencia física y las necesidades de la vida interior. El granjero libre, una figura ideal para la mayoría de los miembros del simposio, no está motivado por el ahorro de tiempo y se esfuerza por su propia voluntad. Sus tareas, que varían según la estación y que lleva a cabo a una escala individual, no están estrictamente divorciadas del ocio. Incluso, como así se concedió que había sido el caso en el Sur, si su modo de vida no había inspirado la más brillante cultura, los agraristas arguyeron que había acogido al menos una vida de contemplación. El industrialismo, por otra parte, no sólo desanima la reflexión interior, sino que su incesante búsqueda de mejoras sociales y materiales es una forma de soberbia que no tiene en cuenta las inescrutables fuerzas que gobiernan el universo. Su optimismo milenario está condenado al descontento. Pero en la medida en que el modo de vida agrarista busca acomodarse al orden natural antes que subyugarlo, está mejor reconciliado con el sufrimiento y la tragedia. Y como que engendra respeto por las inexplicables vías de la naturaleza, es más religioso.

Publicado en el primer año de la Gran Depresión, I’ll Take My Stand no era simplemente un lamento por una edad perdida. Era un manifiesto que imploraba a sus compatriotas sureños a resistirse a los cantos de sirena de un sistema económico y social que promete bienestar material pero empobrece el alma, un sistema que colectiviza a la humanidad en ciudades y fábricas, pero que disminuye el sentido de comunidad que existió en la gente históricamente unida a la tierra. Irónicamente, tras su publicación I’ll Take My Stand fue criticado por carecer de un programa viable de reformas económicas. Todo el empuje de la protesta agrarista, sin embargo, se dirige contra un modo de vida que sitúa las preocupaciones económicas antes que las humanas. Los críticos del simposio también cargaron contra los autores por usar indebidamente la historia sureña, en la cual el agrarismo nunca fue tanto un amplio ideal alcanzado como un infortunado conjunto de circunstancias que retrasaron el progreso sureño. De nuevo aquí, lectores favorables señalaron que el grado en el cual los sureños compartieran el ideal agrarista es indiferente a si el industrialismo ofrece una mejor calidad de vida. El punto central del simposio era que el Sur, que iba con retraso en la carrera por la industrialización y la urbanización, estaba en mejor posición para evaluar cuánto más lejos debería llegar.

Por supuesto, la historia sureña posterior a la publicación original de I’ll Take My Stand ha continuado a lo largo de las líneas progresistas y en contra de las admoniciones de los agraristas sureños. Al mismo tiempo, el simposio ha encontrado una creciente audiencia en toda la nación, particularmente entre los conservadores religiosos y culturales, que encuentran en sus ensayos una formidable objeción a las tendencias seculares y homogeneizadoras de la sociedad moderna.

Christopher H. Hoebeke

Bibliotecario de la Universidad de Virginia

Demos gracias a Dios por Amazon, que nos permite obtener prácticamente cualquier libro que se haya editado en el mundo. ¿Ven cómo no soy un ludita y no estoy en contra del desarrollo tecnológico, pero siempre y cuando sirva para llegar a un fin (obtener el libro que me interesa y del cual espero obtener un conocimiento) y no se convierta en el propio fin. Y lo mismo digo de este blog, que me sirve para dar expresión a mis ideas y compartirlas con otras personas con mis mismas inquietudes y que no tengo manera de conocer personalmente, pero no meramente para exhibirme y tener un blog porque está de moda. Sustancia siempre, nunca apariencia.

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