LA OPINIÓN DE ELIZABETH PRICE FOLEY

Tal y como les prometí, hoy tenemos un breve anexo a la serie sobre el libro The Tea Party. Three Principles de Elizabeth Price Foley que les he ofrecido últimamente. Se trata de la opinión de la autora sobre la sentencia del Tribunal Supremo que decidió la constitucionalidad o no de Obamacare. Como quiera que el libro se publicó con anterioridad a que esta sentencia se hiciera pública, y como quiera también que Obamacare es uno de los asuntos tratados con mayor extensión dentro del libro, convenía saber qué opina la autora sobre dicha sentencia. Me ha costado encontrarla, pero aquí la tienen. Consiste en un pequeño artículo publicado en forma de op-ed (una especie de editorial, pero escrito por alguien ajeno al periódico, que lo firma expresamente, y que en ningún caso representa la opinión de éste) en la edición del 30 de junio de 2012 del Miami Herald.

LA REFORMA SANITARIA SOBREVIVE, PERO ES UNA MANTA HECHA JIRONES

El Tribunal Supremo mina la ley de reforma sanitaria tanto como la confirma.

por Elizabeth Price Foley

El Tribunal Supremo emitió un dictamen sorprendente y revuelto sobre la constitucionalidad de la Ley de Asistencia Asequible (Affordable Care Act, ACA) [Obamacare]. La disposición más controvertida de la ley, el llamado “mandato individual” para comprar un seguro de salud, se consideró inconstitucional como una regulación del comercio, aunque constitucional como un impuesto. La ampliación obligatoria de Medicaid de la ley, ampliando la cobertura a unos 16 millones de personas pobres que no pueden pagarse un seguro privado, fue declarada inconstitucional, lo que permite a los estados optar por “no participar” en la expansión.

Mantener el mandato individual como un impuesto fue la gran sorpresa. Ningún otro tribunal inferior había dictaminado que el mandato fuera sostenible como un impuesto, y los partidarios de la ley, desde el presidente Obama hasta la antigua speaker de la Cámara [de Representantes], Nancy Pelosi, y el líder de la mayoría en el Senado, Harry Reid, habían insistido reiterada y enérgicamente en que la ACA no subía los impuestos.

Los argumentos orales ante el Tribunal Supremo no dedicaron prácticamente nada de tiempo a la cuestión del impuesto y la mayoría de los expertos en Derecho Constitucional no pensaron seriamente en ello, centrados como estaban en una cuestión mucho más difícil: si el Congreso podía usar su poder de comercio para obligar a las personas a adquirir productos privados. Al final, los que se oponían al mandato basándose en la Cláusula de Comercio [interpretando que ésta no permitía tal obligación] fueron reivindicados. Pero es una victoria extraña, incómoda: el Congreso no puede obligar a las personas directamente a comprar algo, pero puede cobrarles impuestos por no comprarlo.

La invalidación por parte del Tribunal Supremo de la expansión de Medicaid fue menos impactante, pero igualmente importante. Conceptualmente, la ACA es un taburete de dos patas en lo que se refiere a la ampliación del acceso [a la atención sanitaria]: una pata, el mandato individual, añade unos 16 millones de individuos de clase media al ordenarles que adquieran un seguro de salud. La otra pata, la expansión de Medicaid, añade otros 16 millones de personas pobres al obligar a los estados a extender los servicios de Medicaid para ellos. Reconociendo el derecho de los estados soberanos a optar por rehusar una costosa expansión de Medicaid efectivamente aplicó una sierra mecánica a una de las dos patas de la ACA, dejando una estructura políticamente frágil e inestable.

El efecto neto es el siguiente: muchas personas pobres permanecerán sin seguro porque viven en estados que optarán por rehusar la costosa expansión de Medicaid. Y muchas personas de clase media, debiendo elegir entre pagar un impuesto de varios cientos de dólares o comprar una póliza de seguro por varios miles de dólares, pagarán el impuesto y permanecerán sin seguro. El problema de los no asegurados está lejos de ser resuelto y el debate acerca de cómo resolver este problema aparentemente insoluble se carga de nuevo sobre las espaldas de la legislatura federal y de las estatales.

Dos cuestiones principales, una política y otra práctica, cobran ahora gran importancia para nuestros representantes electos. Primero, ¿qué partes de la ACA van a sobrevivir políticamente? Y segundo, suponiendo que los políticos todavía quieran solucionar el problema de las personas sin seguro, ¿cómo hacerlo de manera que los contribuyentes pueden pagarlo?

La cuestión política llegará a su cenit entre ahora y las elecciones de noviembre. Los conservadores y los teapartiers ya se han comprometido a derogar las porciones restantes de la ACA, incluyendo el impuesto del mandato. El líder de la mayoría en la Cámara [de representantes], Eric Cantor, ha anunciado que el proyecto de ley de derogación será programado para 11 de julio. El Senado controlado por los demócratas es improbable que lo derogue.

Si el Congreso no puede derogar la ACA, esto endurecerá la determinación de los teapartiers y otros opositores a la ley para destronar al presidente Obama y a los otros candidatos que la han apoyado. Las elecciones de 2012 han recibido ahora una inyección de adrenalina.

Por el momento, nos quedamos con una ley que se asemeja a una manta hecha jirones, imponiendo impuestos políticamente impopulares, que cubren sólo a una fracción de los no asegurados, y haciendo muy poco por reducir los costes sanitarios. De hecho, la lección que hay que aprender puede ser que para que cualquier programa de salud sea sostenible, la honradez sobre sus consecuencias fiscales y un intento serio de controlar los costes deben llevarse a cabo antes de su promulgación, no después. Los estadounidenses, especialmente en esta economía, no se toman bien las leyes que aumentan sus impuestos, pero sobre todo cuando el dinero de esos impuestos no se emplea correctamente. La elección actual está relativamente clara: ¿borrón y cuenta nueva y empezar de nuevo o retener las restantes partes de la ley, esperar lo mejor y seguir buscando formas de detener los costes de una espiral fuera de control?

P.D. ¡Noticias Palin! El pasado martes 25 de septiembre apareció por fin en el mercado Our Sarah, un libro escrito por los dos Chuck Heath, el padre y el hermano mayor de Sarah Palin. Está claro que no se me podía escapar y reservé un ejemplar tan pronto como me enteré de la noticia, hace dos meses. Sin embargo, anteayer me informó Amazon de que tienen problemas con el proveedor y que por ello se retrasará mi envío. ¡Vaya! Tanto tiempo esperando y ahora que casi lo tenía, toca seguir esperando. Confío en que sea un leve retraso y no un sabotaje por parte de algún enano izquierdista infiltrado en la editorial… Hmmm, tal y como están las cosas yo ya no descarto nada. Mientras tanto, leeré el siguiente libro de mi recién inaugurada biblioteca teapartier: The American Ideology de Brian Vanyo. No, tranquilos, éste no lo resumiré, je, je, je. Pero una reseña al menos sí que les caerá. Advertidos están.

P.P.D. Por cierto, si alguno de ustedes tiene alguna duda referida al Tea Party, me alegraría mucho que me la consultara a mí, que soy de alguna manera su representante oficioso aquí en España (una tarea peligrosa en un país de obamabots, tal y como bien sabe nuestro buen amigo renegm; gracias por tu comentario) a ver si puedo resolvérsela. Para hacerlo, basta con que escriban un comentario e incluyan su pregunta en él. ¡Viva el Tea Party!

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Una respuesta a LA OPINIÓN DE ELIZABETH PRICE FOLEY

  1. Santi dijo:

    Enhorabuena, amigo Bob, por tu extensa descripción del movimiento Tea Party llevado de la mano de ese libro. Verdaderamente eres un experto en el tema, además de expertísimo en Sarah Palin y familia, ja, ja,ja. Ahora sólo falta que algunos descabellados se animen a crear aquí algo parecido y se ponga de cabeza visible Esperanza Aguirre. Atención, pregunta: ¿es posible algo así en España?

    P.D. Me gustaría conocer tu opinión sobre las referencias a Dios en el discurso de toma de posesión del nuevo presidente de la Comunidad de Madrid Ignacio González. Veo que está en la línea de lo que hacen los políticos en EEUU -y en tu propia línea, Bob- pero es algo inusual por proscrito en este país.

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