ORGULLOSO DE ESCRIBIR UN BLOG SOBRE EL TEA PARTY (V)

Y seguimos siguiendo (valga la redundancia, je, je, je) con el resumen de The Tea Party. Three Principles de Elizabeth Price Foley. Ésta es la penúltima entrega.

Tras el prefacio, el primer capítulo, el segundo y el tercero, vamos con el cuarto: “Originalismo constitucional”, el tercer principio constitucional a analizar.

Es un hecho que los tepartiers reverencian la Constitución. Suelen llevarla consigo a todas partes en ediciones de bolsillo, estudian cualquier documento de la época tal y como pueden ser Los Papeles Federalistas y Los Papeles Antifederalistas (una lectura que recomiendo vivamente, habiéndola yo completado recientemente) y son capaces de citarla de manera mucho más inteligente que una gran parte de los abogados. Para la izquierda, por supuesto, este celo por la Constitución les ha servido para ser igualados en sus burlas con los evangélicos y su entusiasmo por leer y estudiar la Biblia.

Pensada en un principio como una chanza, esta comparación tiene su miga cuando se piensa en ella más detenidamente. En efecto, lo que realmente pretenden los izquierdistas con su desprecio es que para ellos, tanto una cosa como la otra, el estudio de la Constitución y el de la Biblia respectivamente, es inútil por completo porque ambos textos no pueden ser tomados en serio.

Así, pensar que una interpretación literal de la Biblia es posible se iguala con pensar que una interpretación literal de la Constitución es posible también y que tan fantasioso y ridículo es pensar que Dios creó el mundo en siete días como que los derechos reservados a los estados realmente están reservados a los estados. O sea, que quien se tome en serio la Constitución es un bobo.

Pero los teapartiers, dejando aparte sus creencias religiosas, sí que creen que la Constitución debe tomarse en serio y literalmente, haciendo que sus palabras tengan un sentido claro, precisamente el que le dieron sus redactores. Y es que, si la Constitución no tiene ninguna importancia y tanto da lo que diga, ¿por qué se molestaron entonces en redactarla?

No es ésta una lucha reciente, sino que ha existido a lo largo de toda la historia de los Estados Unidos, del que muchas personas no son conscientes, pero que existe: ¿cuál es en fin la mejor manera de interpretar y poner en práctica lo que dice la Constitución? Y esto no es un bizantinismo, sino que su respuesta tiene una gran importancia en la vida cotidiana de los estadounidenses y así deberían entenderlo estos.

Los teapartiers creen que la mejor manera de interpretar la Constitución es a través de la lectura “originalista”, que consiste en que cuando varias interpretaciones de un fragmento son posibles, la mejor es aquella que más se corresponde al significado dado por aquellos estadounidenses que originalmente ratificaron lo que decía. O sea, su significado original.

La caricatura izquierdista habitual es que para hacer eso deberíamos ser capaces de leer en la mente de los Padres Fundadores o hacer encuestas de opinión a la generación que la aprobó y ver qué opinaba la mayoría de la población entonces. En su lugar, el originalismo sólo requiere de jueces que interpreten la Constitución con el objetivo de entender lo que en ella se dice con la mente puesta en los tiempos en que fue redactada. ¿Qué problema de esos tiempos pretendía resolver esta cláusula?, sería la pregunta adecuada para empezar.

La alternativa izquierdista al originalismo es el constitucionalismo vivo, que pretende que el texto constitucional no debería ser visto como cerrado, pretendiendo tener un significado concreto, sino abierto a la reinterpretación de acuerdo con las modernas preferencias. Tal y como dijo el presidente Wilson, ardiente partidario de este tipo de interpretación, la Constitución “se debe a Darwin y no a Newton”, queriendo decir con ello que no contiene principios fijos, sino que evoluciona y se adapta a las nuevas circunstancias.

La misma opinión se puede encontrar en las obras de Stephen Breyer, uno de los miembros del Tribunal Supremo, cuando dice que “puesto que la ley está conectada a la vida, los jueces, al aplicar un texto a la luz de su propósito, deberían tener en cuenta las consecuencias, incluyendo las condiciones modernas, sociales, industriales y políticas, de la comunidad que va a ser afectada”. Vamos, la versión fina de aquello de “mancharse la toga con el polvo del camino”, ¿verdad?

Lo que dice Breyer a fin de cuentas es que lo importante son los resultados y que si aplicar un texto legal tal y como está redactado supone algo que la sociedad moderna considera que no es de su gusto, el juez debería reinterpretar ese texto de una manera que sí fuera aceptable.

El atractivo de la corriente del constitucionalismo vivo estriba principalmente en su sencillez. No requiere estudiar el contexto original de la Constitución y entender esos tiempos; basta con el actual. Y esa flexibilidad permite que los jueces puedan adaptar sus sentencias a lo que está de moda hoy en día, sin peligro de caer en la impopularidad.

Sin embargo, el originalismo también es flexible. Es cierto que muchas cláusulas de la Constitución son vagas e imprecisas y deben ser interpretadas, pero eso no debe ser hecho según las preferencias personales de cada uno, sin arremangándose y poniéndose a estudiar el contexto original que las produjo. Zambulléndose uno en esos tiempos, se pueden encontrar principios más amplios que son esenciales para guiar futuras interpretaciones, sin que la excusa de que las nuevas tecnologías no pueden ser contempladas de esta manera.

La Cuarta Enmienda que prohíbe los registros “irrazonables” puede adaptarse fácilmente para que contemple esas nuevas tecnologías como grabaciones telefónicas y demás que no existían en su momento en 1791. Para un originalista, la única pregunta que se tiene que hacer al respecto es si esas actividades son razonables de acuerdo con lo que pretendían los Padres Fundadores al adoptar la Cuarta Enmienda. Eso no quiere decir que exista una única verdad a la hora de interpretar la Constitución, pero sí que las preguntas que deben hacerse los jueces al respecto son unas pocas y nunca yendo más allá del significado original de la Cuarta Enmienda ni del contexto histórico que motivó su adopción.

Para los originalistas, la Constitución es un documento que funciona perfectamente en los tiempos actuales porque los principios recogidos en ella son eternos y pueden adaptarse a la actualidad. Y si no, existe el procedimiento de enmienda recogido en el Artículo V, si es que algo no va bien.

Pero claro, el originalismo es un método conservador y eso a los progresistas no les gusta. El progresismo piensa que todo cambio es positivo y, por tanto, una Constitución con unos principios establecidos les aterroriza. Por eso, su objetivo es superar la Constitución. Y para eso idearon el constitucionalismo vivo.

Fuera de toda retórica, una constitución “viva” no es una constitución, sino un mero mecanismo para conseguir cualquier cosa que se desee a la velocidad más rápida posible. Así, la Constitución se convierte en política y los principios fijos desaparecen por completo. Lo que importa es el fin.

Para ejemplificar los beneficios y perjuicios del constitucionalismo vivo frente al originalismo, la autora analiza los casos Brown v. Board of Education y Bolling v. Sharpe de 1954, en los cuales el Tribunal Supremo sentenció que la política de “separados, pero iguales” en las escuelas públicas era inconstitucional, derogando la sentencia anterior del caso Plessy v. Ferguson.

Tras estudiarlos en profundidad, la autora apunta a la esencia del problema con el constitucionalismo vivo: que obvia el proceso político y otorga a los jueces el poder total al encargarles que adopten las medidas necesarias para conseguir los resultados que ellos estiman adecuados.

Y es que por muy benéficos que puedan ser esos resultados, ¿es correcto que nueve jueces no elegidos y nombrados vitaliciamente tengan carta blanca para hacer lo que quieran con el fin de lograr los resultados “adecuados”? Incluso cuando uno responde que sí, surge otra cuestión: ¿Y cómo se deciden cuáles son esos resultados? ¿Siguiendo su propia intuición? ¿Leyendo encuestas de opinión? ¿Pidiendo a Dios que les oriente y guíe?

Lo malo del constitucionalismo vivo es que asume que las únicas personas en las que puede confiar para hacer lo correcto son los jueces izquierdistas del Tribunal Supremo, ya que el resto de la población es demasiado ignorante para ello, siendo por tanto incapaces de tomar parte en el procedimiento político normal. Un modo de pensar elitista que soluciona todos los problemas al entender que una minoría es la única que sabe hacia dónde debe avanzar la sociedad y que, si la mayoría se opone, sencillamente hay que ignorar esta opinión e imponer la minoritaria, que es la “correcta”.

Para ello, la izquierda no tiene ninguna duda en despreciar a los Padres Fundadores como un montón de racistas y sexistas y a todos aquellos que los reverencian y defienden su obra principal, la Constitución, como secretos racistas y sexistas partidarios de volver los tiempos atrás. Y de ahí a acusar al Tea Party de racista sólo hay medio paso. Por lo tanto, la defensa de la Constitución, no está muy bien considerada en los Estados Unidos por los medios de comunicación y cualquiera que pretenda hacer eso, rápidamente es tildado de albergar secretas intenciones de restaurar la segregación y retirar el derecho de voto a las mujeres.

La consecuencia de todo ello es un mayoritario desconocimiento de la figura de los Padres Fundadores incluso entre los propios alumnos de la autora, estudiantes de Derecho, que se limita a la opinión de que no eran más que un “puñado de racistas, sexistas e hipócritas bastardos”. Por eso, la iniciativa de Glenn Beck, el locutor radiofónico, de organizar un día de celebración de la Constitución y de sus valores, encontró una amplia acogida que demuestra que millones de estadounidenses no piensan igual y, antes al contrario, quieren saber más y no menos sobre los Padres Fundadores y su obra, la Constitución.

Además, una cosa es reverenciar a los Padres Fundadores y otra reverenciar la Constitución. El Tea Party reverencia la Constitución y entiende que sus autores eran seres humanos comunes y corrientes, con sus fortalezas y sus debilidades. Se les tiene en gran estima, pero lo que se admira es su visión de una nueva nación y la manera cómo la plasmaron en la Constitución, no sus vidas privadas.

Que la Constitución no aboliera la esclavitud en 1789 no es motivo para despreciarla en absoluto, al contrario. Las provisiones hechas en ella sobre la cuestión no zanjaban la cuestión ciertamente, pero eso no significa que sea una Constitución pro-esclavista. Como mucho era neutral y, en algunos puntos, hostil a la esclavitud, tal y como la cláusula de los “tres quintos” y la que prohibía la importación de esclavos a partir de 1808 demuestran.

La única cláusula que puede ser vista como pro-esclavista es la cláusula del esclavo fugitivo, pero la historia de su adopción por parte de la Convención Constitucional y la base legal que la sostiene en unos tiempos en que los Estados Unidos sencillamente apenas existían y había que llegar a compromisos más o menos gustosos con los trece estados, deja meridianamente claro que no había otra opción. La Constitución no resolvió el problema de la esclavitud, pero tampoco la promocionó.

Además, las enmiendas al respecto aprobadas justo tras la Guerra Civil demuestran también que el originalismo no tiene nada que ver con la reverencia a un “texto original” intocable. Los originalistas defienden la actual Constitución, no el texto original de 1789. Las enmiendas son una parte de la Constitución y, de hecho, los originalistas las valoran aún más puesto que al haber sido introducidas con posterioridad al texto original, revocan o clarifican el texto original. Y como tales, las enmiendas rechazan con claridad la esclavitud, convirtiendo toda la cuestión al respecto en simplemente innecesaria.

Y si el originalismo no es en ningún modo racismo disfrazado, el constitucionalismo vivo sí que es en cambio puro subjetivismo que requiere únicamente de cinco de los nueve jueces del Tribunal Supremo para rehacer la Constitución de acuerdo con sus propios puntos de vista. Así, Sonia Sotomayor, actualmente una de esos jueces, declaró en 2002 que su condición de mujer y latina le conducirán a diferentes conclusiones sobre el significado de la Constitución que si fuera hombre y anglosajón. Ésta es la antítesis exacta de la idea de que los Estados Unidos son una nación de leyes y no de hombres (o mujeres). Si hasta ahora pensábamos que la ley era igual para todos, el constitucionalismo vivo entiende que la ley es diferente según sea tu raza, sexo u origen étnico. Y encima pretende que eso no sólo es así, sino que debe ser así.

Para Foley, aunque el constitucionalismo vivo tiene ciertas ventajas, sus desventajas son tan importantes que no las compensan en absoluto. Primero, balcaniza la sociedad al dividir a la población en categorías y hacer actuar esas categorías de acuerdo con estereotipos; luego, permite al poder judicial descartar aspectos fundamentales de la Constitución previstos para proteger al pueblo de la tiranía (como el federalismo y el gobierno limitado); también provoca el colapso del sistema político al hacer recaer todo el peso sobre el Tribunal Supremo y la interpretación que éste haga de tal o cual problema; y finalmente, elimina todo respeto por la Constitución y la ley, que se ven como un recurso ad hoc que se puede cambiar tan pronto como convenga a las elites hacerlo.

El único medio legal para cambiar la Constitución es su procedimiento de enmienda tal y como aparece en su Artículo V. El constitucionalismo vivo entiende que no se puede confiar en el pueblo estadounidense para recurrir a ese procedimiento cuando entienda que es necesario. Así pues, en lugar de confiar en “Nosotros, el Pueblo”, confía en “Nosotros, los Jueces” para enmendarla a su gusto. Y aquí radica la esencia del disgusto del Tea Party con un gobierno federal cada vez más elitista y cada vez más ansioso de arrebatar la soberanía al pueblo y concentrarla en sus manos.

La Constitución ha sido enmendada veintisiete veces hasta ahora. La primera vez, poco menos de dos años después de haber sido ratificada. Desde entonces ha abolido la esclavitud, garantizado a los negros el derecho de voto y garantizando la igualdad ante las leyes de todos. Ha concedido el derecho de voto a las mujeres y a los mayores de dieciocho años. Ha establecido la Prohibición y la ha derogado. El pueblo estadounidense no se rige por un documento muerto, sino muy vivo. Cuando ha sido necesario enmendarlo, se ha hecho. Es cierto que es difícil lograr la aprobación de una enmienda, pero eso es precisamente lo que se espera de una Constitución: que proporcione estabilidad política. Un cambio en la Constitución afecta a todos los estadounidenses y es muy difícil rectificarlo después, así que antes de llevarlo a cabo, conviene estar seguros de que es conveniente.

El originalismo no es sencillo pues y exige que cada nueva generación de estadounidenses conozca bien la Constitución y sus fundamentos, algo que no sucede hoy en día ni siquiera en las facultades de Derecho de los Estados Unidos. El Tea Party entiende que ya es hora de rectificar eso y recuperar la familiaridad de sus mayores con ese texto.

La victoria del Tea Party en las elecciones del midterm de 2010 ayudó a ello de tres maneras: la primera, con la recuperación del control republicano en la Cámara de Representantes, el entonces recién formado Tea Party Caucus organizado por la representante Michele Bachmann de Minnesota, empezó a promocionar conferencias bimensuales sobre la Constitución abiertas a cualquier miembro. La primera, celebrada en enero de 2011, fue pronunciada por el juez del Tribunal Supremo Antonin Scalia, que aconsejó a los miembros del caucus que consiguieran un ejemplar de Los Papeles Federalistas y la tuvieran en sus mesas. La segunda fue leer en voz alta la Constitución en la sala de sesiones de la Cámara, algo que no se había hecho nunca. La tercera, aprobar la Enumerated Powers Act, que obliga a que cada proyecto de ley presentado identifique expresamente la fuente de su autoridad constitucional. O sea, que especifique en cuál de los 18 tipos de leyes autorizadas al Congreso se incluye. Por supuesto, a algunos representantes demócratas todo esto les parece una estupidez y así lo han declarado públicamente.

La defensa de la Constitución no puede estar limitada al Tribunal Supremo, sino que cada estadounidense debe ser consciente de ello y vigilar que sus representantes no pretendan superarla. Y si lo hacen, no se puede dejar que la última palabra la tenga el Tribunal Supremo puesto que eso inclina peligrosamente el mecanismo de separación de poderes hacia un lado únicamente.

Así pues, el debate entre originalismo y constitucionalismo vivo no es un bizantinismo en absoluto. Tiene muchas implicaciones en la vida diaria de los estadounidenses y su esencia es clara: ¿tiene la Constitución un significado preciso o no? Si no lo tiene, ¿para qué la queremos entonces? ¿Y para qué iban entonces los Padres Fundadores a idear un procedimiento de enmienda? Cuando una nación aspira a ser una nación de leyes y no de personas, el originalismo es parte de sus necesidades. El constitucionalismo vivo eleva a los jueces por encima del pueblo, los valores subjetivos por encima de los objetivos y la inseguridad por encima de la estabilidad.

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