ORGULLOSO DE ESCRIBIR UN BLOG SOBRE EL TEA PARTY (IV)

Y seguimos con el resumen de The Tea Party. Three Principles de Elizabeth Price Foley. Ya hemos llegado a la mitad.

Tras el prefacio, el primer capítulo y el segundo, vamos con el tercero: “Soberanía de los Estados Unidos”.

Éste es el segundo principio que defiende el Tea Party. Básicamente consiste en la creencia de que los Estados Unidos tienen el derecho y el deber de defender su territorio nacional y su independencia legal de otras naciones y entidades supranacionales tales como las Naciones Unidas.

En la práctica, dicho principio se aplica a cuestiones tales como la guerra contra el islamismo, la inmigración y el papel a jugar por el Derecho Internacional a la hora de interpretar la Constitución de los Estados Unidos. Pero antes de entrar de lleno en estas cuestiones, la autora se centra en explicar qué significa la soberanía, por qué el Tea Party la valora tanto y que podría pasar si se pierde.

En su sentido más estricto, soberanía equivale a poder. El poder de hacer, interpretar y hacer cumplir la ley en un determinado territorio. En cualquiera que éste sea, sus habitantes siempre reconocerán a una parte de ellos con poder para hacer, interpretar y hacer cumplir la ley. Y esta soberanía se aplica sobre una multitud de personas individuales o colectivas, cada una con su propia parcela de poder. En los Estados Unidos, la Constitución divide la soberanía entre un poder legislativo (el Congreso), que hace las leyes); un poder ejecutivo (el presidente), que las aplica; y un poder judicial (los tribunales de justicia), que la interpretan. Cada uno de ellos goza de una parte de la soberanía, pero ninguno la posee por completo. Es una división de tipo horizontal, prevista para evitar la tiranía.

También existe una división de tipo vertical, llamada “federalismo”, que ya hemos mencionado, entre el gobierno federal y el de los estados. El primero goza de unos pocos poderes, expresamente enumerados, y todos los demás están reservados a los estados o al pueblo. De nuevo, es una manera de evitar el abuso de poder.

Y aún más, también existen en la Constitución unos ciertos poderes, los derechos individuales, en los que ni el gobierno federal ni el de los estados pueden entrometerse. Estos son, por ejemplo, los de libertad de expresión, de religión o de tener y portar armas.

Y de nuevo, toda esta estructura se diseñó con un único objetivo en mente: evitar la tiranía.

El globalismo es precisamente todo lo contrario de lo previsto por la Constitución de los Estados Unidos. En lugar de dividir y subdividir la soberanía entre diferentes ramas o niveles de gobierno, el globalismo busca consolidarla en un único nivel. Y es por eso precisamente por lo que los globalistas desprecian de esa manera a la Constitución. Reveladora en grado sumo lo es la cita que ilustra esta manera de pensar, precisamente de un catedrático de Ciencias Políticas adscrito a la escuela globalista, James McGregor Burns:

Vamos a hacer frente a la realidad. Los Padres Fundadores sencillamente fueron demasiado listos para nosotros. Nos ganaron en astucia. Diseñaron instituciones separadas que no hay manera de unificar por medio de mecanismos automáticos, puentes, trucos. Si vamos a tener que “poner patas arriba a los Fundadores” -unir lo que ellos dejaron separado- tenemos que enfrentarnos directamente a la estructura constitucional que ellos levantaron.

Y a estudiar las diferentes maneras cómo eso se está intentando en la actualidad es a lo que se dedica Foley en este capítulo.

La autora no deja de reconocer lo difícil que es criticar el internacionalismo tan de boga hoy en día precisamente porque sus objetivos parecen llenos de bondad: derechos humanos, mejorar la suerte de los pobres, etc. Pero es que los globalistas no se conforman con hacer lo posible por sus propios medios persiguiendo esos objetivos; ellos no aceptan limitarse a la beneficencia o a defender sus principios contra la interferencia de cualquier gobierno, sino que lo que quieren es un gobierno gigantesco que utilice su poder, su soberanía, para imponer ciertas normas de conducta o valores que sólo están vagamente definidos. El objetivo final de los globalistas es el de globalizar la soberanía en sí misma, consolidándola de tal manera que pueda imponer su voluntad mundialmente, con leyes y castigos contra quienes las violen.

Sí, todo esto suena a gobierno mundial y aunque algunas personas creen que es una fantasía y otras creen que es realizable y hasta deseable, el Tea Party se sitúa entre ambas posturas. Así, el Tea Party opina que es cierto que hay un creciente empuje hacia el internacionalismo, pero se opone rotundamente a él porque no es en absoluto compatible con la Constitución.

La autora, que conoce el percal, nos descubre entonces que entre los catedráticos y abogados dedicados al Derecho Internacional, la opinión mayoritaria en la actualidad es que el concepto territorial de soberanía (cada país tiene el derecho a establecer sus propias leyes y a aplicarlas), está caducado. Y así se enseña en las facultades de Derecho actualmente, incluyendo la propia de la autora. Y si bien ésta reconoce que un enfoque comparativo de las leyes de diferentes países puede ser positivo, hay una parte oscura en este enfoque que poca gente comprende y mucho menos por los impresionables estudiantes a los que se prepara para que sean los líderes del futuro. Y es que muchos internacionalistas están motivados por el deseo de restringir el poder y redistribuir la riqueza de ciertos países, especialmente los Estados Unidos. Eso es algo que el propio presidente Obama confesó en su discurso en El Cairo en 2009, cuando expresó su voluntad de que ninguna nación “se elevara por encima de las demás”, que todos los problemas deberían resolverse “de común acuerdo” y que había que “compartir” el progreso. Foley lo dice claramente: esas palabras son la mayor amenaza a largo plazo a la que se enfrentan los Estados Unidos.

Y tanto da lo que digan los demás. El Tea Party no se achanta porque les llamen antediluvianos, arrogantes o proteccionistas por rechazar esas ideas. Siquiera porque entienden la amenaza que suponen. Y al igual que el Tea Party, muchas personas y organizaciones que han dado públicamente la voz de alarma al respecto, especialmente en lo que se refiere a las Naciones Unidas, en toda una serie de citas que dan que pensar. Y es que una encuesta de Gallup de febrero de 2010 revelaba que menos del 31% de los estadounidenses pensaban que las Naciones Unidas estaban haciendo un buen trabajo a la hora de afrontar los problemas mundiales.

El debate sobre el internacionalismo no es un debate sobre si la soberanía en sí misma es buena o no. Nada de ideas anarquistas aquí; la soberanía es inevitable, tal y como es el ser humano. Y no es mala puesto que aporta estabilidad y responsabilidad a las sociedades. No, la cuestión estriba en cuánta soberanía necesitamos puesto que tanto un gobierno nacional como otro mundial ejercen soberanía, en mayor o menor escala.

En este caso, la disputa está entre soberanía nacional y soberanía mundial. Y la respuesta a esta cuestión yace en la propia Constitución. Los Fundadores creían que una soberanía dividida era mejor que una unitaria. El peligro de la tiranía se reduce cuando hay muchas soberanías sueltas, todas ellas responsables ante el pueblo, por cuyo afecto debe competir.

La globalización mina este principio. Si sólo existe una soberanía, ésta no tiene que competir con ninguna otra y no tiene por qué preocuparse de ganarse el afecto popular. Y eso reduciría su responsabilidad antes sus gobernados. Además, tener múltiples soberanías permite la posibilidad de elegir, en el sentido de que lo que puede ser legal en un sitio, tal vez no lo sea en otro, mientras que una única soberanía sólo permite una única opción. La autora da como ejemplo el del suicidio asistido, que, siendo como son los Estados Unidos una nación cuya soberanía se divide entre el gobierno federal y los cincuentas gobiernos estatales, cada uno con su propio código penal, permite la existencia de estados en los que dicha opción es legal y estados en los que está prohibida, pero en cualquier caso dando a las personas la opción de elegir.

Múltiples soberanías permiten muchas maneras de enfocar los problemas, evitan la monotonía y permiten que tanto los gobiernos como las personas sean cada uno diferentes. Lo divertido (o lamentable) es que para ejemplificar el caso contrario, la autora cita la Unión Europea, ese engendro totalitario (la opinión es mía) en el que 27 naciones han cedido voluntariamente porciones de su soberanía a instituciones comunes con un poder supremo sobre todas ellas. ¿Por qué? La autora cree que el motivo radica en la historia de Europa, repleta de imperios a lo largo de toda ella, los únicos momentos en que, de una manera u otra, hubo paz en todo el continente, siquiera por breves períodos de tiempo. Eso es algo totalmente ajeno a la experiencia estadounidense. Los europeos creen que para tener paz necesitan un imperio que la imponga y que la unidad equivale a esa paz, aceptando a cambio el precio de la uniformidad.

Pero los Estados Unidos no están tan dispuestos a pasar por el aro. Ellos también quieren paz, pero comprenden que a veces la única manera de conseguirla es a través del conflicto o incluso de la guerra. Es el conflicto, no la unidad, lo que a veces equivale a paz. Y su tradición de individualismo no permite menos, una tradición que está en la raíz de su eterno odio al comunismo, algo que sucede al contrario en la vieja Europa.

Pero lo que es aceptable para los europeos, no lo es para los estadounidenses. Es cierto que puede producir las ventajas de la economía de escala y reducir la balcanización, pero también produce inevitablemente un “déficit democrático” para la gente, un déficit que implica la incapacidad de los ciudadanos de controlar a sus representantes y de lograr que sus opiniones sean tomadas en cuenta. Sobre todo cuando sus propios parlamentos nacionales cada vez más son cáscaras vacías.

El único órgano de la Unión Europea teóricamente fiscalizable por los ciudadanos es el Parlamento Europeo, pero como tal no vale un pimiento. A los ciudadanos europeos, dicho parlamento les trae sin cuidado, ya que no lo entienden, no sirve siquiera como parlamento pues carece del poder de iniciar legislación (que recaen en la burocracia de la Comisión Europea) y sus 751 miembros, agrupados en partidos políticos paneuropeos, hacen que nadie pueda sentirse identificados con ellos. Y por si fuera poco, nadie en toda la Unión Europea se considera a sí mismo un “europeo”, sino que son las nacionalidades las que siguen prevaleciendo en la gente.

La Unión Europea es una soberanía dirigida por una burocracia independiente de todo control. Y en marzo de 2011, Daniel Hannan, un europarlamentario británico, publicó un artículo en el Wall Street Journal alertando a los estadounidenses de los peligros de enamorarse demasiado de Europa, recordándoles:

La Unión Europea deposita el poder supremo en las manos de 27 comisarios no electos e invulnerables a la opinión pública. La voluntad del pueblo es vista generalmente por los eurócratas como un obstáculo a superar, no un motivo para cambiar de dirección.

También les recuerda:

La diferencia principal entre las uniones americana y europea tiene que ver con la localización del poder. Los Estados Unidos fueron fundados en lo que vagamente podríamos llamar el ideal jeffersoniano: la noción de que las decisiones deberían tomarse lo más cerca posible de la gente a quienes les van a afectar. La Unión Europea está basada precisamente en el ideal opuesto.

Algunos pretenden que la estructura de la Unión Europea es análoga a la de los Estados Unidos: federalista. Pero es que la Unión Europea no es federalista en absoluto. Le falta una constitución, por ejemplo, y cuando pretendieron dotarse de una, fue rechazada claramente por los votantes franceses y holandeses, suspendiéndose los referenda que iban a seguir a estos dos.

Además, tanto los gobiernos federal como estatales de los Estados Unidos son responsables políticamente ante el pueblo con al menos dos de las tres ramas del gobierno (ejecutiva y legislativa) dependiente de elecciones regulares. Y en muchos estados los jueces también. Todo lo contrario que en la Unión Europea.

El desdén de la Unión Europea por sus ciudadanos se ve claramente en el Tratado de Lisboa de 2009, que transfirió importantes porciones de poder de las naciones europeas a la Unión Europea y que, en esencia, no es más que el proyecto de constitución europea reconvertido en tratado, evitando así tener que pasar por el procedimiento de referéndum, bastando con la aprobación por parte de su parlamento nacional. De hecho, el único país cuya constitución obliga a someter a referéndum los tratados internacionales es Irlanda y éste rechazó el dichoso tratado. Pero aún así, la Unión Europea presionó y presionó a Irlanda que tuvo que convocar un nuevo referéndum, que esta vez dio el resultado deseado.

Tras estas generalizaciones, Foley pasa a centrarse en las tres cuestiones relacionadas con este principio que ocupan al Tea Party en los Estados Unidos: 1) el papel del Derecho Internacional a la hora de interpretar la Constitución de los Estados Unidos; 2) la guerra contra el islamismo; y 3) la inmigración. Son tres apartados largos, no digo que complejos porque la autora sabe perfectamente construir su argumentación y hacerla comprensible incluso para el más negado en cuestiones legales, y reveladores. Resumirlos es imposible sin hacer una traducción directamente puesto que, tal y como ya les dije en la entrada anterior, toda la argumentación es una pieza de relojería a la que no se le puede quitar un fragmento sin afectar al resto. Pero con lo que hemos visto hasta ahora, creo que uno puede hacerse una idea de hasta qué punto es importante la defensa de este principio de la soberanía nacional.

Y es que existe una opinión “políticamente correcta” entre los progres que dice que la soberanía es una cosa antigua que ya no tiene ninguna relevancia en el mundo moderno, como la caballerosidad o la virginidad. Pero para la autora, la soberanía nacional no es un concepto caduco, sino imprescindible para la supervivencia del país. A todos nos puede seducir la canción de un gobierno global con su estribillo de una gran familia con valores universalmente aceptados, pero lo que hay detrás de todo ello es que para lograr ese objetivo hay que olvidar por completo lo que nos hace a todos diferentes de los demás para así no ofender a nadie.

Y es que las diferencias entre nosotros son buenas. Las diferencias pueden llevarnos a conflicto, incluso a la guerra, es cierto. Pero eso es inevitable en un planeta habitado por gente de diferentes razas, religiones, lenguas y culturas. Al contrario, deberíamos celebrar dichas diferencias y no negarlas.

Curiosamente son los que claman que entienden y aprecian esas diferencias los que se olvidan de todas ellas cuando se trata de la cuestión de la soberanía. Pero incluso en ese campo, la diversidad es benéfica. La diversidad proporciona perspectiva, anima a la tolerancia y da valor a cada persona en sí misma. Una “talla única para todos” es una perspectiva amenazadora.

Cuando la gente tiene la posibilidad de elegir con respecto a los regímenes legales que les gobiernan, tiene mayor libertad. La globalización supone todo lo contrario y una amenaza cierta para nuestra libertad. Un gobierno mundial dirigido por una burocracia provocará que seamos incapaces de reclamar a nuestros representantes y de influenciar sus posturas. Entonces ya no será un “déficit democrático”, sino todo un “agujero democrático”. Por todo ello, que el Tea Party defienda la soberanía nacional de los Estados Unidos no es algo que requiera de unas disculpas por su parte.

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