ORGULLOSO DE ESCRIBIR UN BLOG SOBRE EL TEA PARTY (II)

Seguimos con el resumen de The Tea Party. Three Principles de Elizabeth Price Foley. Confío en que les esté resultando interesante.

Tras el prefacio, vamos a resumir el primer capítulo: Génesis.

La autora comienza este capítulo preguntándose por la idea del excepcionalismo estadounidense, eso que hace a los Estados Unidos tan diferentes del resto de países y que, por más que muchos la cuestionan, no es así para el movimiento Tea Party, que entiende que la raíz de dicho excepcionalismo está precisamente en su Constitución.

Contra la creencia en el excepcionalismo estadounidense, el antiexcepcionalismo se ha convertido en norma en los últimos años. Una opinión que pretende que los Estados Unidos no es más que otro país cualquiera, quizás peor que los demás por su historia de intervencionismo, desigualdad económica, esclavitud y segregacionismo, que convierten esa pretensión de ser una nación excepcional en pura hipocresía.

La autora cita a diversos personajes que expresan sin rubor su opinión antiexcepcionalista, tales como  Michael Scheuer, un antiguo miembro de la CIA; Damon Linker, un columnista de New Republic; y Michael Kinsley, otro columnista. Como ella misma dice, es tentador considerar a estos autores meros representantes de un punto de vista extremista políticamente, pero lo malo es que la administración Obama comparte sus opiniones. Y para sostenerlo, cita a Obama en varios momentos de su presidencia, especialmente cuando declaró que creía en el excepcionalismo estadounidense “tal y como sospecho que los británicos creen que el excepcionalismo británico y los griegos en el excepcionalismo griego”, reduciéndolo pues a un mero narcicismo poseído por todos los países. Y es que cuando todos son excepcionales, ninguno lo es realmente.

Para Foley, la administración Obama utiliza un doble lenguaje típicamente orwelliano cuando se refiere a esta cuestión, aportando más y más declaraciones de dicha administración que reflejan esta opinión: desde un reciente informe a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en el que se “reconoce” que los valores que sirvieron para fundar los Estados Unidos son universales, no exclusivamente estadounidenses, y aún más, dicha pretensión no se ha cumplido plenamente por lo que los Estados Unidos son más bien un estado frustrado en sus aspiraciones iniciales.  Por si fuera poco, dicho informe se adhiere a la opinión de que los Estados Unidos siguen siendo un país racista y que las disparidades entre blancos y negros en empleo, propiedad, educación e incluso salud son la consecuencia de dicha discriminación, despreciando a continuación la Constitución por su incapacidad para abolir la esclavitud, por negar el voto a las mujeres, porque sólo permitía votar a los hombres blancos con cierta propiedad, por su trato a las tribus indias y a los nativos alasqueños, por discriminación lingüística, por las deficiencias de su sistema judicial, etc.

La consecuencia de creer en todo esto se puede ver en el continuo hábito del presidente Obama de pedir perdón por todas partes por los supuestos pecados estadounidenses. La autora cita las más relevantes de dichas ocasiones, pero es demasiado irritante para relacionarlas aquí. La cuestión es que la izquierda estadounidense lo que desea en el fondo de su alma es que los Estados Unidos se igualen a los demás países del mundo, sobre todo a los de Europa, y adopten su estilo de vida en el sentido de “desarme, adjudicación global vinculante, cuidado de la salud nacionalizado, tubos fluorescentes y coches pequeños”, renunciando a su papel como superpotencia.

Tal vez el ejemplo de esta voluntad más irritante de todos fuera el discurso del presidente Obama en El Cairo en 2009, cuando públicamente declaró que el único excepcionalismo que pueden atribuirse los Estados Unidos es el de su excepcional arrogancia y agresividad, rompiendo por primera vez en la historia con lo que ha sido una constante en todos los presidentes estadounidenses: su compromiso en defender la democracia en todo el mundo.

Si contra el excepcionalismo ha surgido el antiexcepcionalismo, contra el antiexcepcionalismo ha surgido a su vez una nueva ola de excepcionalismo, la opinión de que los estadounidenses pueden y deben sentirse orgullosos de su país, y esa reacción se ha materializado sobre todo en el movimiento Tea Party. Sus miembros no tienen ninguna duda al respecto, estando todos de acuerdo en que los Estados Unidos son una nación verdaderamente excepcional y que dicha excepcionalidad radica en su sistema legal y de gobierno, que es único en el mundo y que bien merece la pena conservar y hasta promover.

Así pues, defender el excepcionalismo estadounidense es el atajo para defender los principios fundacionales de los Estados Unidos, algo a lo que la dictadura de lo políticamente correcto ha declarado abiertamente la guerra a pesar de que una encuesta de Rasmussen de octubre de 2010 reflejaba que un 74% de los estadounidenses creían que lo políticamente correcto era un problema para el país, y otra encuesta también de Rasmussen de febrero de 2011 revelaba que el 64% de los estadounidenses creían que los Estados Unidos se estaban orientando políticamente en la dirección errónea.

Lo primero pues fue la percepción de que los principios fundamentales de la nación estaban en peligro cierto; lo siguiente fue el estallido de la resistencia. Y la llama que inició la explosión fue la crisis económica y el hundimiento del mercado inmobiliario. Un hundimiento este último que fue la consecuencia directa de muchos años de seguir la inflamable combinación de la avaricia de Wall Street y el respaldo del Congreso a dicha avaricia que forzaron a los bancos a abandonar su tradicional política de concesión de hipotecas por otra en la que no se requería a los solicitantes ninguna documentación, ningún aval, ninguna responsabilidad ni nada que pudiera garantizar la devolución de ese dinero al banco.

La caída en cadena de los bancos vinculados a esta actividad se inició en los últimos días de la presidencia de George W. Bush en 2008 y la autora describe excelentemente cómo fue dicha caída, en que una ficha empujaba a la otra y así sucesivamente sin que fuera posible detenerlas, llegando hasta el TARP, el rescate a los bancos y a la industria automovilística, y demás acciones del Congreso en ayuda de sus compinches, como el posterior ARRA.

Keynesianismo en estado puro, en el que se piensa que a una economía en crisis lo que le hace falta para salvarse es la inyección continua de dinero por parte del gobierno, una opinión que tanto el presidente Bush como el presidente Obama compartían, pretendiendo con ello evitar la Gran Depresión. Y ante la amenaza de la depresión, los estadounidenses accedieron renuentemente a dicho gasto masivo, que no sólo no tuvo éxito, sino que aún empeoró más la situación.

Y para complicar más las cosas, el nuevo presidente Obama se empeñó en rehacer el sistema de atención sanitaria estadounidense a un coste de un billón de dólares. Algo que se encontró desde el principio con el problema de que, sencillamente, los números no cuadraban, tal y como dice la autora:

Se suponía que los estadounidenses iban a creerse que 32 millones de personas iban a obtener atención sanitaria sin que le costara un centavo al gobierno federal y que eso mágicamente reduciría el déficit en 138.000 millones de dólares.

El estudio de los números de la reforma sanitaria iba descubriendo la gigantesca trampa que ésta suponía, que cargaba todos sus costes reales a las espaldas de los estadounidenses y de las empresas con tal de evitar que tuviera que ser el gobierno federal quien se hiciera cargo de ello. Recomendable seguir el relato de la autora para comprender fácilmente porque Obamacare es una amenaza a la estabilidad de los Estados Unidos tal y como lo es.

Fue una vez que se empezaron a conocer todas estas cuestiones sobre la reforma sanitaria que la ira de los teapartiers estalló en el verano de 2009.  Manifestaciones en las habituales reuniones en los ayuntamientos que los miembros del Congreso suelen tener con sus representados, preguntando a estos si se habían leído las 2.700 páginas de la ley, exigiendo que no la aprobaran y recordándoles que la Constitución no permitía que el Congreso forzara a los estadounidenses a comprar un seguro sanitario, fueron el resultado de su ira.

La respuesta de los demócratas en el Congreso, ya fuera la de Nancy Pelosi o Steny Hoyer, fue la de culpar a los manifestantes de ser unos radicales, de ser antiamericanos o directamente de estar locos o ser unos racistas, reduciendo la cuestión a que si no estás de acuerdo con la reforma sanitaria es que odias al presidente porque es negro, una acusación que se repetía continuamente.

Pero por mucho que pretendieran los demócratas, todas las encuestas coincidían en lo mismo: la mayoría de los estadounidenses se oponen a la reforma, no por la reforma en sí, sino por esa reforma en concreto. Aún así, los demócratas abusaron de su mayoría y la aprobaron, utilizando si era necesario procedimientos parlamentarios muy controvertidos. De cualquier manera, los demócratas buen cuidado tuvieron de que el punto más conflictivo de la reforma, la obligación de adquirir un seguro de salud, lo quisieras o no, no entrara en vigor hasta 2014, lejos de las elecciones del midterm de 2010 y de las presidenciales de 2012, calculando que para entonces los estadounidenses ya se habrán acostumbrado a la nueva ley, se les habrá pasado la pataleta, y la aceptarán o, como mínimo, les dará igual.

Sin embargo, el furor causado por Obamacare no se aplacaba y en julio de 2011, una encuesta de Rasmussen revelaba que el 57% de los estadounidenses estaban a favor de derogar la ley. Y en las elecciones del midterm de 2010, la preocupación por la reforma sanitaria se convertía en el segundo asunto que más preocupaba a los estadounidenses, sólo por debajo de la economía. Como resultado de todo ello, el Partido Republicano, con el apoyo del movimiento Tea Party, recuperó el control de la Cámara de Representantes y ganó seis escaños en el Senado, lo que iba a permitir retrasar la aplicación práctica de Obamacare al negarle los fondos necesarios para ello.

Otro frente abierto contra Obamacare fue el judicial, cuando minutos después de haber firmado el presidente Obama la ley, un grupo de estados liderados por el de Florida presentaron una demanda en un tribunal federal denunciando su inconstitucionalidad. Esta demanda se basa en dos puntos: el negativo impacto de Obamacare sobre la libertad individual (la ley obliga a todos los estadounidenses que no estén ya cubiertos por Medicare o Medicaid a adquirir un seguro privado de saludo que cumpla con unos mínimos establecidos por el gobierno federal y, si se niegan, a pagar una fuerte multa), que la administración Obama clama que es constitucional basándose en una cláusula de la Constitución que otorga al Congreso los poderes necesarios para regular el comercio entre estados. Para los demandantes, dicho otorgamiento no puede llegar hasta el punto de obligar a los estadounidenses a adquirir productos privados, con lo que eso supondría que el Congreso, en un futuro, pudiera obligar a todos a adquirir otro tipo de productos tales como coches, zapatos o verduras. Esto es un peligro enorme para la libertad individual.

El segundo punto se refiere al federalismo, la separación de poderes entre el gobierno federal y los gobiernos de los distintos estados. Dado que los Estados Unidos son un estado federal, desde siempre se ha entendido que el gobierno federal no puede hacer lo que le da la gana, sino que sólo puede hacer lo que la Constitución le permite expresamente hacer, tal y como enumera en su texto y tal y como la Décima Enmienda ratifica al declarar que “los poderes no delegados a los Estados Unidos por la Constitución, ni prohibidos por ella a los Estados, se reservan a los Estados respectivamente o al Pueblo”. La cuestión en esta caso se refiere a que Obamacare prevé una fuerte expansión del gasto en Medicaid (el seguro médico para los pobres que se financia conjuntamente por el gobierno federal y los estados), una expansión que viola los derechos de los estados al obligar a estos a asumir una carga adicional a la que no están en disposición de hacer frente.

El resultado de todo esto es que por muy buenas que sean las intenciones de que todo el mundo tenga acceso a un seguro médico, los medios utilizados para ello suponen la revocación de todo lo que se había entendido hasta ahora como límites del poder federal, pudiendo tener futuras consecuencias aún no muy claras en lo que se refiere a la libertad de los individuos y de los estados.

Obamacare sumado a los continuos rescates han supuesto que el poder del gobierno federal se expanda por todo el sistema bancario, el financiero, el inmobiliario, el automovilístico, haciéndose preguntar a muchos si tal expansión es constitucional y, más prácticamente, cuánto va a costar.

El 19 de febrero de 2009 el periodista de la CBNC Rick Santelli, retransmitiendo en directo desde la Bolsa de Chicago, expresó toda esta preocupación y disconformidad cuando criticó abiertamente la actitud del gobierno, los operadores de Bolsa que le rodeaban le secundaron y Santelli alertó de que tener un “Chicago Tea Party” sería una buena idea, añadiendo además que si Franklin y Jefferson vieran “lo que estamos haciendo ahora en este país, se revolverían en sus tumbas”.

Este fue el momento en que oficialmente nació el movimiento Tea Party. Poco menos de dos meses después, el 14 de abril de 2009, cientos de miles de estadounidenses se congregaron en todo el país para atender a sus primeros “tea parties”, yendo de pequeñas reuniones de unas docenas de personas a grandes manifestaciones de miles de participantes.

En otoño de 2010, con la ayuda del locutor radiofónico Glenn Beck y de varias asociaciones Tea Party recién constituidas, una masiva manifestación tuvo lugar en pleno centro de Washington, D.C., en protesta por las políticas económicas de la administración Obama.

Los medios de comunicación de masas, fuertemente escorados hacia la izquierda en sus opiniones políticas, han visto esta movilización con desprecio, etiquetando a sus participantes desde neonazis hasta dementes, pasando por racistas y tontos manipulados por millonarios conservadores. Para ellos, la clave de toda la cuestión es el resentimiento de unos cuantos blancos por el hecho de que el país se esté volviendo cada vez más negro y más hispano. Keith Olbermann, periodista de la MSNBC, consideró al movimiento Tea Party como el “Tea Klux Klan” y declaró que su rabia se debe a que el presidente es negro, pero que no pueden decirlo. Y se preguntó a su vez cuántos negros, hispanos, asiáticos y homosexuales había en sus manifestaciones.

El problema de la composición demográfica del movimiento empezó a dilucidarse en abril de 2010 cuando una encuesta de USA Today y Gallup demostró que en lo que se refiere a “su edad, educación, historial, empleos y raza, los teapartiers son muy representativos de la totalidad de la población”. Si acaso hay un poco más de hombres (55% contra el 49%), están un poco mejor situados económicamente (55% contra el 50% ganan más de 50.000 $ al año) y se consideran liberales mucho menos (7% contra el 21%).

Racialmente, los teapartiers tienen casi la misma proporción de blancos no hispanos que la totalidad de la población (79% contra el 75%) y la misma proporción de hispanos y otras razas (15%). En lo que se refiere a los negros, sí que están en desventaja (6% contra el 11%), lógico si tenemos en cuenta el masivo apoyo de la población negra al presidente Obama, en que el 95% de estos votó por él en 2008. Incluso tan tarde como en febrero de 2011, una encuesta de Gallup otorgaba al presidente Obama el 93% del apoyo de los negros, cuando el de los blancos había descendido hasta el 40% y el de los hispanos hasta el 55%.

Que el movimiento Tea Party es más conservador que la totalidad de la población está claro (70% contra el 40%) y que se identifica menos con el Partido Demócrata también (8% contra el 32%). Pero eso no quiere decir que las minorías no lo apoyen, aunque es cierto que no le ayuda dentro de la comunidad negra. De hecho, candidatos del movimiento que han triunfado en las urnas tales como Susana Martinez, hispana y gobernadora de Nuevo México; Nikki Haley, de padres indios y gobernadora de Carolina del Sur; Marco Rubio, hispano y senador por Florida; Allen West, negro y representante por Florida, Tim Scott, negro y representante por Carolina del Sur; Bill Flores, hispano y representante por Texas; y Quico Canseco, hispano y representante por Texas, dicen justamente lo contrario.

Aunque las encuestas reflejan un mayor porcentaje de hombres que de mujeres en el movimiento (55% contra el 45%), eso no quiere decir que éstas no lo apoyen. Susana Martinez y Nikky Haley son un buen ejemplo, pero también están los casos de Sharron Angle en Nevada y Christine O’Donnell en Delaware (por más que ninguna de las dos lograra la victoria). Y aún más, la representante por Minnesotta Michele Bachmann y la antigua gobernadora de Alaska, Sarah Palin, remachan el clavo del apoyo femenino al movimiento. Precisamente fue Sarah Palin quien apuntó a la importancia de las mujeres dentro del movimiento Tea Party cuando lanzó su famoso video, “Mama Grizzlies”, donde decía:

Muchas mujeres, que están muy preocupadas por el futuro de sus hijos, dicen: “¡No nos gusta esta transformación fundamental y vamos a hacer algo al respecto!” (…) Yo siempre pienso en las mamás osas pardas que siempre se alzan sobre sus patas traseras cuando alguien viene a atacar a sus oseznos (…) Y eso es lo que estamos viendo con todas estas mujeres que se están uniendo y alzando su voz, diciendo: “No, esto no está bien para nuestros hijos y nietos y vamos a hacer algo al respecto. Vamos a cambiar todo esto, vamos a recuperar nuestro país y devolverlo al buen camino”.

Y son precisamente estas mujeres las que no sólo han estado involucradas desde el principio en el movimiento, sino las que mejor uso han hecho de las herramientas tecnológicas (Facebook, Twitter, blogs,…) para organizar y difundir todo lo que tuviera que ver con el movimiento Tea Party, incluso cuando la mayoría de ellas jamás han estado involucradas en política antes.

El motivo de que las mujeres se sientan tan atraídas por el Tea Party tal vez pueda rastrearse en el hecho de que son ellas generalmente las responsables de equilibrar sus propios presupuestos familiares, o en que no quieren que sus hijos y nietos tengan que cargar con la masiva deuda federal, o simplemente que les desagrada la filosofía económica keynesiana. Es por ello que se han convertido en “mama grizzlies” y en “mommy bloggers”.

¿Y qué es lo que proporciona su unidad a este heterogéneo grupo de personas? Muchas cosas, pero fundamentalmente tres principios sobresalen en todos los casos, que son únicos y esenciales para la identidad estadounidense: 1) el principio del gobierno limitado, lo que quiere decir que el gobierno federal sólo tiene los poderes que le otorga expresamente la Constitución; 2) el principio de la soberanía estadounidenses, lo que quiere decir defender las fronteras del país y la posición independiente de los Estados Unidos en el mundo; y 3) el principio del originalismo constitucional, lo que quiere decir interpretar la Constitución de un modo consistente con el significado que le otorgaron aquellos que la escribieron y ratificaron el texto. Y estos tres principios se reflejan en una amplia serie de cuestiones de importancia para el movimiento Tea Party, que van desde la reforma sanitaria, la responsabilidad fiscal, la inmigración, el internacionalismo o la guerra contra el terror.  Y estos temas son precisamente los que estudia la autora, descubriéndonos los fundamentos intelectuales de esos tres principios, su papel en los asuntos corrientes y las razones por las que los teapartiers los consideramos tan importantes.

FIN

P.D. El libro se publicó meses antes de conocerse la sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos sobre Obamacare, por lo que la autora no hace ninguna mención a ésta. Estoy intentando encontrar alguna opinión publicada suya al respecto, pero no la encuentro de momento, aunque no cejaré en mi empeño. Si existe, la conseguiré.

P.P.D. Sí, Santi, mis posturas tal vez sean algo contradictorias a veces, pero eso es inevitable. A todos nos pasa. El caso es que creo que ni Zapatero ni Rajoy son los que realmente deciden en este país, así que tanto me daba uno que otro. En cambio, en los Estados Unidos, sí que está claro que quien ocupa la Casa Blanca, manda. Por lo que se refiere a Esperanza Aguirre, comparto tu opinión totalmente y aún me inclino más por el hecho de que bien sabe ella que Rajoy nos va a dar pesadillas y quiere dejar claro que no comparte sus maldades. ¿Y quién sabe? Tal vez situarse en la mejor posición para liderar una alternativa verdaderamente sensata y conservadora cuando el PP reviente, que reventará. Santi, ya tenemos a nuestra propia Sarah Palin; ahora necesitamos el movimiento Tea Party. Pero ¿de dónde lo sacamos en esta borreguiEspaña de nuestros pesares? ¡Ay!

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