¡LEÑA A ROMNEY!

Que a Romney los conservadores le dan asco, eso ya lo sabemos todos. Justo es reconocer que el sentimiento es mutuo y que a nosotros, buenos conservadores teapartiers, nos da asco Romney. Sin embargo, somos muchos los que estamos dispuestos a pasar por alto eso y votar por Romney en noviembre, ya no sólo con una pinza en la nariz, sino hasta con una bolsa de papel para vomitar a mano. Ciertamente Romney no es Ronald Reagan, pero como bien dice Herman Cain tampoco es Barack Obama y a eso es a lo único que puede agarrarse para apelar a nuestro sentido de la responsabilidad y convencernos para que el próximo día 6 de noviembre no tengamos una repentina necesidad de arreglar la valla del jardín que nos obligue a quedarnos todo el día en casa, incluso a los que vivimos en un cuarto piso. A eso y poco más, pero lo que de ninguna manera estamos dispuestos a tolerar es a que no haga siquiera el esfuerzo de disimular el asco que siente por nosotros cuando todas sus posibilidades de llegar a ser presidente de los Estados Unidos dependen precisamente de lo que haga finalmente el electorado conservador.

Así, por ejemplo, una de las cosas que debería hacer es invitar a Sarah Palin, nuestra abanderada, a acudir a la convención nacional republicana a celebrar en Tampa (Florida) entre el 27 y el 30 de agosto. Es increíble que no lo haya hecho todavía, ¿verdad? Pero cierto lamentablemente. Nos enteramos de ello precisamente a través de la propia Sarah, contestando a una pregunta hecha en tal sentido por Newsweek. “¿Qué puedo decir?”, respondió ella. “Estoy segura de que no soy la única que acepta las consecuencias de haber recriminado a ambos partidos por haber gastado demasiado dinero, poniéndonos al borde de la bancarrota y metiéndonos de lleno en un capitalismo de compinches”. Como siempre, Sarah puso el dedo en la llaga. Su ausencia de la convención está más que claro que es un “castigo” por parte del establishment del Partido Republicano por ser tan poco bizcochable, que dice aquél. “Te has portado mal y te castigo sin poder ir a la fiesta”, que le diría Romney si pudiera.

Es cierto que Romney está más que resentido con Sarah Palin. Y es cierto también que tiene buenos motivos para ello. Siempre pasa cuando alguien te demuestra que no eres más que un palurdo adinerado y encima lo hace delante de todo el mundo. ¿Y cómo fue eso? Bien, no es sólo que Sarah Palin se las apañara para jorobar a Romney el que iba a ser su gran día, el 2 de junio de 2011 en Stratham (New Hampshire), cuando iba a anunciar su candidatura a las primarias republicanas a la presidencia de los Estados Unidos. Ese día, Romney creía que él iba a ser la madre de todas las noticias y, cuando se dio la vuelta, vio de repente el autocar del “One Nation Tour” de Sarah Palin llegando a la ciudad y a todos los periodistas que cubrían su anuncio salir corriendo en pos de él, dejándole con dos palmos de narices y sin un triste titular que llevarse a la boca. Estoy de acuerdo en que fue una buena jugarreta (Sarah dice que fue todo “una coincidencia”), eso de robarle todo el protagonismo el día que se suponía que iba a ser el inicio de su cabalgata triunfal hasta la Casa Blanca, pero si es eso lo que le irrita, no sabía yo que Romney estuviera tan verde en cuestiones de marketing electoral. Mal augurio para enfrentarse a un mal bicho rematado como lo es Barack Obama.

Sarah le arrebató la corona el día del baile de graduación, cierto. Luego, durante todo el verano, Sarah amagó con presentar su propia candidatura a las primarias, anunciando a voz en cuello que no sólo se sentía capaz de vencer a Romney sino también a Obama. Finalmente no lo hizo, pero su anuncio definitivo en tal sentido no llegó hasta principios de octubre, habiendo acaparado toda la atención de los medios de comunicación durante todo este tiempo y habiendo dejado a Romney como la chica fea con la que nadie quiere bailar y que se tiene que quedar sentada durante toda la fiesta. Para provocarse una úlcera de estómago, oigan.

Pero aunque Sarah ya no iba a ser su rival, no por eso Romney pasó a ser de rana fea a apuesto príncipe. Desde octubre, Sarah ha puesto en duda el verdadero conservadurismo de Romney (su ridículo “soy un seriamente conservador” le retumbará en los oídos hasta que se muera), tal y como ya nos sospechamos nosotros; ha animado a los votantes republicanos a no dejarse llevar por la inevitabilidad de la nominación de Romney, alargando las primarias mucho más de lo que parecía previsible; ha votado públicamente por Newt Gingrich, lo cual le impedía guardarse un as en la manga a cambio de sacar la sota de bastos para atizar a Romney en toda la cabeza; ha hecho presión porque se llegara a una convención partida en la que Romney aún tuviera que ganarse a la mayoría de delegados; y, por si aún fuera poco con todo eso, todavía no ha respaldado públicamente a Romney, de quien lo único bueno que puede decir de momento es lo mismo que yo he dicho antes: que no es Obama, jua, jua, jua. O sea, que Sarah votará a Romney simplemente por eso que ya conocemos del ABO: “Anybody But Obama” (“cualquiera antes que Obama”), lo cual le sitúa al mismo nivel que Mickey Mouse, por decir el nombre de uno al que en todas las elecciones suele haber alguien que vota por él por el sistema del write-in.

Pero es que todas esas reticencias sobre Romney que expresa Sarah públicamente son las mismas que tenemos nosotros. Uno puede estar de acuerdo en que Romney es un tipo normal (todo lo normal que pueda ser un ricachón presuntuoso) y parece que bastante decente, pero políticamente hablando, Romney no es el candidato adecuado para el Partido Republicano en estas elecciones. Romney, no lo olvidemos, no es un candidato popular, sino el candidato del establishment que ha sido o va a ser nominado exclusivamente porque el establishment ha jugado todas sus bazas, las confesables y las inconfesables, para que así fuera. Y si no lo creen, recuerden como cada uno de los diversos candidatos que se presentaron a las primarias republicanas (Bachmann, Cain, Perry, Gingrich y Santorum) tuvieron su momento de gloria cuando de una manera u otra lograron conectar con el movimiento conservador, lo que les llevó a todos a superar en intención de voto a Romney.

Mientras tuvo competencia, Romney siempre mantuvo un mismo porcentaje de intención de voto porque nunca se preocupó de captar la atención de los teapartiers; su electorado ya estaba fijado: RINO. Lamentable que haya tantos, ¿verdad? Sin embargo, a poco que algún candidato agradaba a esos mismos conservadores, Romney bajaba a la segunda o tercera plaza. Siempre había alguien más interesante que Romney y el que finalmente vaya a ser el nominado se debe solamente a que nadie ha logrado permanecer en las primarias republicanas más sucias jamás celebradas y en las que no se ha debatido nada sobre política. De hecho, su asco por los teapartiers quedó claro cuando en febrero dijo que “no voy a incendiarme el pelo para conseguir apoyos”. Por cierto, un comentario al que respondió Sarah diciendo, por su parte: “Bien, ¡pues entonces incendia el nuestro!”. Demasiado pedir a alguien tan modosito como Romney, tan niño de papá… Vamos, hombre, pedirle ni más ni menos que se ensucie las manos, se arrugue la raya del pantalón y se despeine. Mucho pedir, ¿no?

La estrategia de Romney para ganar votos entre los pobretones: ponerse tejanos. Justamente lo que un ricachón podrido de dinero y de soberbia haría, ¿no? Y suerte aún que no se los ha puesto rotos…

Y como que las cosas están así, las encuestas anuncian lo que puede ser el preludio de un desastre republicano aún mayor que el de McCain, que si no fue un terremoto se debió exclusivamente a Sarah Palin. Una encuesta del Washington Post descubre que entre los votantes ya decididos de Obama, el 51% de estos se declaran “muy entusiastas” de éste, mientras que sólo un 38% de los votantes de Romney hacen lo mismo. Lógico, el Partido RINOpublicano no es un partido de masas, sino de suites de hotel de lujo. Pero a la hora de ganar unas elecciones hacen falta votos y los votos hay que llevarlos a los colegios electorales y si uno no se siente interesado y con ganas porque el candidato de su partido le parece más bien el candidato del otro partido, pues lo mejor que se puede hacer es quedarse en casa y poner la televisión por cable y ver alguna película.

El entusiasmo político en la derecha está en un solo sitio: el movimiento Tea Party. Y no hay más. Si el Tea Party abraza con entusiasmo la candidatura de Romney, éste tendrá una posibilidad de victoria; si no lo hace, Romney puede superar la marca de Walter Mondale contra Reagan en 1984 con un solo estado en su zurrón. ¡Maldita sea, Romney es un error morrocotudo, un tiro en el pie a lo Froilán, una patada en tu propio culo, un resbalón con la piel de plátano de tu almuerzo, una pifia descomunal, una catástrofe, una hecatombe, la madre que lo parió! Pero es lo que hay y ya no se puede hacer nada porque no creo que se vaya a producir la gran sorpresa del siglo en la convención republicana. Toca Romney y hay que apechugar con él. Qué se le va a hacer; la vida es dura y si la vida te da limones y encima podridos, vota a Romney.

Nadie tiene ninguna duda de que Romney tiene de conservador lo que yo de socialista: nada. Todos tenemos más que claro que Romney es una reliquia histórica: la encarnación de la vieja manera de hacer política, la de antes de los tiempos del Tea Party. Romney es el Nelson Rockefeller del siglo XXI y desprende un olor a rancio que tira de espaldas. Seleccionado por el establishment de entre el establishment y para cuidar de los intereses del establishment, pretender colarnos a semejante fulano como conservador es lo mismo que atarle unas orejas de pega a un gato, engancharle una cola de algodón en el culo y decir que es un conejo. No, ya no cuela. En los años 70 sí que colaba, pero ya no. El mundo ha evolucionado y el Tea Party se ha llevado eso por delante y algunos todavía no se han enterado. Romney no lucha, Romney espera a que le sirvan la presidencia y cree sinceramente que tiene derecho a ella por ser quien es. Cree que se la deben desde 2008 y que ahora es el momento de resarcirse de esa deuda. Por eso se niega a dar un paso en dirección hacia el movimiento Tea Party y por eso puede acabar perdiéndolos a pesar de que la reelección de Obama sería casi peor que Romney en la Casa Blanca.

Miren, hace tres meses, en mayo, Hermann Cain reunió en Washington, D.C. a un grupo de importantes líderes del Tea Party de todo el país con el fin de llegar a un acuerdo para apoyar la candidatura de Romney en noviembre. La reunión fue muy intensa y todos estuvieron de acuerdo en que Romney les daba yu-yu y no se fiaban ni un pelo de él, pero todos estuvieron de acuerdo también en que querían creer en él. Lo único que se lo impedía era el propio Romney, que se negaba a ceder ni un ápice en su voluntad de no contar con ellos para nada. A nadie le gustaba tampoco la manera como Romney había utilizado su poder económico para ir aplastando a todos y cada uno de sus rivales en las primarias, pero como bien supo enfatizar Cain, ahora era el momento de la unidad frente al enemigo común: Obama.

El resultado de la reunión fue que, aprovechando que Cain iba a reunirse con Romney poco después, le presentarían una lista de sus preocupaciones para que las tuviera en cuenta a la hora de redactar su programa electoral. Estas preocupaciones se reducían a reclamarle una defensa más firme y directa de la economía de libre mercado, un compromiso de reducir el tamaño y extensión del aparato del gobierno federal y un plan serio de reforma fiscal. Y aún así, querían reunirse con él personalmente. Y no a escondidas en un almacén abandonado de un muelle, sino públicamente. Poca cosa, ya ven. Bueno, pues Cain presentó esa lista a Romney y éste, fiel a su imagen de palo, no dijo ni que sí ni que no, sino todo lo contrario. Y sobre la reunión con los líderes del Tea Party, estos aún están esperando.

Es cierto que, por lo que respecta a Obamacare, si no logramos echar a Romney de la Casa Blanca, ya no habrá manera de deshacerse de ese engendro. Pero es que si Romney se empeña en seguir jugando la carta de “no tienen más remedio que votarme”, igual no le sale como él espera y muchos de esos conservadores nos quedamos en casa y pasamos de ir a votar a otro candidato demócrata, especialmente a ése que se presenta por el Partido Republicano.

No invitar a Sarah Palin a la convención, no ofrecerle el pronunciar un discurso, afrentar de esa manera a los votantes conservadores, la gran mayoría del Partido Republicano, no es sólo un acto de soberbia que clama por un castigo de proporciones bíblicas, sino que además es una solemne estupidez que ningún político puede permitirse. Romney necesita de Sarah Palin para obtener el respaldo del Tea Party y sólo a través de ella puede obtenerlo. Sencillamente, tal y como expuso alguien: “Sarah Palin es Ronald Reagan en mujer. No hay otra que excite tanto a las bases y las llene de energía”.

Sabemos que Sarah Palin sigue manteniendo libres en su agenda las fechas de la convención republicana y que tiene la intención de acudir a Florida, sea o no invitada finalmente. De hecho, sabemos que ha hecho una reserva de espacio cerca del lugar de la convención para levantar su propio quiosco. Sarah estará en Florida, ya veremos si al lado de Romney o enfrente de él. Pero la imagen de Sarah quedándose fuera del lugar de celebración de la convención será la puntilla para un partido que está más fracturado realmente que unido y que sólo se mantiene como tal porque la propia Sarah evitó en 2010 que eso sucediera. Así pues, es urgente que Romney curse una invitación formal a Sarah Palin para acudir a Florida, sino que además le ofrezca pronunciar un discurso en un momento de máxima audiencia, no a las 04.00 h, entre anuncio de la Teletienda y anuncio de la Teletienda.

Porque si no lo hace y Sarah se queda en la puerta, el GOP dejará de ser mi partido y abogaré abiertamente por la ruptura y la creación de un verdadero Partido Conservador en los Estados Unidos. Pero es que aún más, si Romney no rectifica (y ya está tardando) y dan a Sarah con las puertas en las narices, abominaré de Romney públicamente y lo declararé el enemigo público nº 2 después de Obama. No, eso no quiere decir que, si pudiera votar, dejase de hacerlo. Si fuera estadounidense, votaría por Romney porque la alternativa, Obama, es sencillamente impensable. Cuatro años más de Obama no los soportarían ni los Estados Unidos ni el mundo. Pero votar a Romney, después de lo que habría hecho con nuestra representante, con la representante de millones y millones de estadounidenses, no tendría perdón. Y yo no soy muy dado a perdonar, lo siento.

En fin, para aquellos de mis lectores que sean estadounidenses y que aún estén decidiendo qué hacer en noviembre, les dejo este pensamiento que es el que me aplicaría a mí mismo si estuviera en su situación (¡ojalá!): Romney es un condón y lo vamos a utilizar para joder a Obama; luego, cuando hayamos terminado y Obama esté bien jodido, lo tiraremos a la basura. Y entonces será el momento de Sarah Palin.

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2 respuestas a ¡LEÑA A ROMNEY!

  1. Gonzalo dijo:

    Uff, la sensación de deja-vu con respecto a lo que ha pasado en España es tremenda, teniendo que elegir entre Zapatero-Obama y Mariano-Romney.

    Un saludo

  2. Santi dijo:

    Impresentable que no inviten a Sarah a esa convención. El establishment no es el partido republicano, tienen que invitar a todos y más a una peso pesado como Palin, por más que les joda. Hace muy bien Sarah Palin en presentarse allí si no la invitan, hay que meterles el dedo en el ojo estilo Mourihno. Estaría bueno que les restara todo el protagonismo. ¡Esta es mi Sarah! ¡Sarah forever!

    Un saludo.

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