PERO BUENO… EL JUEZ ROBERTS ES UN CABRITO, ¿SÍ O NO? (III)

Seguimos con la sentencia del Tribunal Supremo sobre Obamacare o, como han empezado a llamarlo por allí últimamente, ObamaScare (algo así como ObamaSusto). Hoy vamos a entrar de lleno en el texto de la sentencia, después de haber visto como se “cocinó” y haber repasado también el historial de su principal “cocinero”, el juez Roberts. Sí, ya sé que soy un pesado, pero es que soy así: tengo que tener todos los datos antes de criticar algo. Luego, lo critico y me quedo tan a gusto. Por cierto, hoy es una entrada difícil para mí; el Derecho no es mi fuerte. Discúlpenme si no logro hacerme entender.

Seamos precisos: la sentencia sobre Obamacare no se llama realmente así, sino que se la conoce técnicamente como NFIB v. Sebelius, siendo NFIB las siglas de National Federation of Independent Business (Federación Nacional de Negocios Independientes), una asociación de pequeños empresarios que ejerció la parte demandante, y la tal Sebelius, Kathleen Sebelius, la Secretary of Health and Human Services (algo así como nuestra ministra de Sanidad), que fue la parte demandada. Como saben todos los que han leído America is Ready!, los estadounidenses no tienen garantizado un derecho de apelación al Tribunal Supremo, sino que es éste mismo quien decide a qué casos va a dedicar su atención, bien sea porque impliquen cuestiones surgidas de la propia Constitución, bien sea porque los Estados Unidos sea una de las partes implicadas.

En este caso, se trataba de una clara cuestión de constitucionalidad y el caso había llegado al Tribunal Supremo procedente de uno de los tribunales del Undécimo Circuito de Apelaciones, que abarca Alabama, Florida y Georgia, que había dado la razón a los demandantes, en contra de la opinión de otro tribunal de rango inferior, cuya sentencia original favorable al gobierno federal fue la que se apeló. Quien quiera leer la sentencia completa puede hacerlo aquí. Son 193 páginas, pero no se asusten: las siete primeras la resumen en buena medida y no todo es la sentencia en sí, puesto que incluye también un voto particular del juez Ginsburg que, comparte la sentencia, pero por motivos diferentes a los expuestos por el juez Roberts; un voto particular de los cuatro jueces conservadores que no comparten en absoluto la sentencia; y un añadido a este último voto particular del juez Thomas, que complementa su postura.

Impuestos por todas partes (taxes) y el ciudadano de abajo que le pregunta a Obama: ¿Dónde dice que voy a pagar menos por la atención sanitaria?

Ya hemos visto que Obamacare había pasado por dos tribunales anteriormente, uno normal y otro de apelaciones. En ambos casos, sus respectivos jueces habían desestimado la demanda presentada. Nada dispuestos a darse por vencidos, los de la NFIB solicitaron del Tribunal Supremo (mediante lo que se llama un writ of certiorari) que prestara atención al caso, algo a lo que éste no está obligado, pero que si decide hacerlo, éste es el medio reglamentario establecido para ello. Lógicamente accedió, puesto que lo que planteaban los demandantes era una cuestión claramente constitucional: ¿puede el gobierno obligar a los estadounidenses a adquirir un producto en el mercado –un seguro médico en este caso– y a multarles si no lo hacen? Para ello, el gobierno se apoyaba en una cláusula de la Constitución, la Clause of Commerce (Cláusula de Comercio), que se encuentra en su Primer Artículo, Sección 8ª, y que dice así:

El Congreso tendrá facultad (…) para reglamentar el comercio con las naciones extranjeras, entre los diferentes estados y con las tribus indias.

La Cláusula de Comercio es una maravilla, irónicamente hablando, algo comparable al desgraciado artículo 150 de nuestra propia Constitución. Y es que desde la presidencia de Franklin Delano Roosevelt (1932-1945), se ha utilizado como un comodín para permitir las mayores atrocidades por parte del gobierno estadounidense. Así, esta cláusula, que en su momento se redactó para dotar al gobierno federal de una razón que le permitiera dictar normas de obligado cumplimiento para toda la nación en un momento en que los diferentes estados todavía luchaban por conservar todos los poderes que pudieran frente al poder central. Para ello, los Padres de la Constitución se agarraron al recurso a considerar que todas aquellas cuestiones que afectaran al comercio entre dos o más estados no podían quedar limitadas a la voluntad de los propios estados afectados, sino que debían ser reguladas por el gobierno federal, el común a todos, en beneficio de toda la nación.

Sin embargo, cuando corre de por medio algún abogado lioso, no veas la que se puede armar. Hasta 1932, los Estados Unidos habían sido una nación con un gobierno reducido que interfería muy poco en la vida de sus conciudadanos y así les iba de bien. Pero a Roosevelt, uno de los peores presidentes de los Estados Unidos en mi opinión, por lo de dañino que tuvo su presidencia y porque con él se pusieron las bases del futuro monopolio progre de la opinión pública, no le pareció bien y aprovechándose de la mala situación que se vivía en el país a raíz del crack del 29 y de la pésima gestión inicial de la crisis realizada por Hoover (1928-1932), llegó a la presidencia prometiendo un pollo en cada puchero a cambio de que el gobierno se hiciera cargo de casi todo. Y lo logró, pero no del todo. Y ahora Obama está decidido a llegar hasta donde FDR no pudo y expandir la pesada mano del gobierno en la Sanidad, uno de los pocos asuntos donde los estadounidenses todavía pueden decidir por su cuenta y no verse sometidos a la incompetencia burocrática.

Recordando Matrix: Obama dice: Controlaremos los precios e incrementaremos la calidad, expandiremos la cobertura y bajaremos los costes. Y, yo creo, esta enorme expansión del gobierno reducirá el déficit. Morfeo le comenta a Trinity: ¡Mierda, se ha tomado la píldora azul [la que te mantiene en Matrix]”.

La Cláusula del Comercio, tal y como ha sido interpretada hasta ahora, permite al gobierno federal regular todo lo que quiera con la excusa de que afecta al comercio entre los diferentes estados. Que lo afecte realmente o no, ya es de menos porque siempre hay algún motivo para decir que sí. De hecho, FDR llegó hasta el punto de empapelar a un campesino que producía su propia comida en su granja y no vendía nada en el mercado con la excusa de que dicha cosecha de subsistencia, producida en suficiente cantidad, podría detraer existencias del mercado agrícola y afectar a los precios al alza. Vamos, algo así como tener una ley que prohíba llevar camisas de color rojo, ponerse una amarilla y que te detenga un guardia alegando que el amarillo está compuesto de una cierta cantidad de color rojo (ya sabemos que los colores básicos son el rojo, el verde y el azul y que todos los demás se forman combinando en mayor o menor medida esos tres) y por eso estoy violando la ley. ¡A la cárcel por revolucionario!

De esta forma, el gobierno federal podría obligar a los estadounidenses a hacer lo que él quisiera: comprarse un seguro médico, comer cinco piezas de fruta al día, instalar bombillas de bajo consumo en tu casa, lavar los calzoncillos a mano para ahorrar electricidad… ¡Todo es posible bajo la Cláusula del Comercio! ¡Gloria a la Cláusula del Comercio!

En su aplicación concreta a Obamacare, obliga a los estadounidenses a comprar un seguro médico en el mercado o a pagar una multa si no lo hacen, aunque no quieran tener seguro médico; esto es el famoso “mandato individual”, que tantas veces habrán oído mencionar y que supone el eje central de toda la ley. Una novedad porque hasta entonces nunca el Congreso había llegado tan lejos en su pretensión de estar ejerciendo los poderes discrecionales otorgados por la dichosa Cláusula del Comercio como para multar la inacción de los estadounidenses al no adquirir algo, ya sea un seguro médico o una patata. Y la NFIB, lo que alegaba en su demanda, era el hecho de que dicha pretensión resultaba ser claramente inconstitucional porque el Congreso no tiene dicho poder, algo en lo que el juez que resolvió la apelación original estuvo de acuerdo.

Recordando Disneylandia: Obama dice, mientras agita su varita y lo llena todo de polvo de hadas (pixie dust): Y todo el mundo tendrá atención sanitaria y no le costará nada a nadie y… Abajo dice, parafraseando los anuncios de Disneyworld que dicen que es el lugar más feliz de la Tierra: D.C. [por Washington]… el lugar más feliz de la Tierra.

Lo malo es que nunca el Tribunal Supremo había dictado una sentencia confirmando que el Congreso carece de ese poder y por eso la decisión sobre Obamacare iba a sentar precedente al delimitar de una vez por todas hasta dónde podía el gobierno federal estirar la Cláusula del Comercio que, de tanto estirarse durante los últimos ochenta años, ya parecía un chicle. Roberts estaba de acuerdo con establecer esa limitación, pero le preocupaba el tener que aplicársela a una ley tan relevante como Obamacare con lo que eso supondría de mala prensa (y nunca mejor dicho, pues hubiera sido la prensa la primera en atizarles) para el Tribunal Supremo y de acusaciones de partidismo en un año electoral. Así pues, su problema era cómo limitar de una vez por todas la aplicación de la cláusula, pero sin que eso supusiera al mismo tiempo la inconstitucionalidad de Obamacare. Algo que casi parecía la cuadratura del círculo.

Y ahí está precisamente lo que le separó de sus colegas conservadores, quienes, como buenos conservadores que son, detestan a los jueces “construccionistas”, esos que hacen política desde el estrado. Justo lo que iba a tener que hacer Roberts si quería salir del pantano en el que se había metido: quitarle la razón al gobierno federal, pero dándosela al mismo tiempo. Los que lean el voto particular de los cuatro jueces conservadores encontrarán que su fundamento es mínimo y perfectamente lógico: Obamacare abusa del poder otorgado al Congreso por la Cláusula del Comercio, luego Obamacare es inconstitucional. Y punto. Algo en lo que coincidía Roberts al principio, pero que para no tener que verse obligado a reconocer, le forzó a reinterpretar la ley, dándole un sentido que ni siquiera los propios legisladores le habían otorgado: Obamacare abusa del poder otorgado al Congreso por la Cláusula del Comercio y es inconstitucional que obligue a adquirir un seguro médico amparándose en dicha cláusula, pero como quiera que no es más que un impuesto y el Congreso tiene el poder de establecer impuestos, un poder que le establece expresamente la Constitución fuera de la Cláusula del Comercio, la decisión de multar por no adquirirlo es constitucional. Lo único que han hecho mal los legisladores es basar su argumentación en la cláusula equivocada: no es la Cláusula de Comercio, sino el párrafo anterior del mismo Artículo I, Sección 8:

El Congreso tendrá facultad para establecer y recaudar contribuciones, impuestos, derechos y consumos.

Complejo, ciertamente. Y Roberts lo termina de adornar con ciertas menciones a que no son los jueces del Tribunal Supremo los encargados de derogar una ley si es que a los estadounidenses (o a una mayoría de ellos) no les gusta, sino que ésa es tarea de los representantes libremente elegidos por ellos: o sea, el Congreso. Roberts siempre ha sostenido la opinión de que el Tribunal Supremo ha acabado adquiriendo demasiado poder sobre la vida cotidiana de los estadounidenses y que eso no es de recibo tratándose como se trata de unos jueces que no son elegidos directamente por los ciudadanos, debiendo ser sus representantes (congresistas y senadores), personas que puedan ser sometidas a control por parte de sus votantes y que puedan echarlos si no están conformes con su actuación, quienes ejerzan esa función. Así, tal y como dice en un párrafo de su sentencia:

Los redactores [de la Constitución] crearon un gobierno federal con poderes limitados y asignaron a este Tribunal [el Tribunal Supremo] el deber de hacer cumplir sus limitaciones. El Tribunal Supremo así lo hace hoy. Pero el Tribunal Supremo no expresa ninguna opinión sobre la inteligencia de la Affordable Care Act [Obamacare]. Bajo la Constitución, tal juicio está reservado al pueblo.

Vamos, que Obamacare es un churro, abusa y machaca, pero yo no voy a ser quien detenga al abusón. Dentro de nada llega noviembre. Ya te apañarás tú; o echas al abusón del patio o te aguantas, que yo no quiero problemas.

Justo es reconocerlo; la sentencia tiene su parte positiva. La verdad es que para Roberts hubiera sido mucho más fácil dictar una sentencia declarando a Obamacare totalmente constitucional y estimando la pretensión del gobierno federal de actuar bajo el amparo de la Cláusula del Comercio como ajustada a Derecho. Para ello, le hubiera bastado con recurrir a ese caso de 1942 que les mencioné como curiosidad antes, Wickard v. Filburn, en el que el Tribunal Supremo estableció que por mucho que un granjero produzca trigo para su propio consumo y no tenga intención de venderlo en el mercado, aún así está sujeto a cuotas por parte del gobierno federal.

En su demanda, los demandantes, la NFIB no pedía que se revocara ese precedente con lo que Roberts podría haberse agarrado a que como quiera que Wickard v. Filburn se trata de un precedente ya establecido que nadie cuestionaba, el Tribunal Supremo se limitaba a adherirse a lo ya juzgado y declarar Obamacare constitucional de cabo a rabo. Se trataba de una posibilidad abierta puesto que varios tribunales de apelación ya habían declarado lo mismo en varias sentencias relacionadas con Obamacare; que no excedía la Cláusula de Comercio.

Pero Roberts no quiso decir lo mismo y prefirió tomar otro camino mucho menos transitado: que el mandato individual es un impuesto, lo que le permitía (supongo yo) tranquilizar su conciencia declarando abusivo el poder que se arrogaba el Congreso, sentando un precedente que podrá ser utilizado en casos futuros, pero dejando a salvo una ley tan controvertida como Obamacare. Y quién sabe, si incendiando de paso la campaña electoral en contra de Obama, quien ahora tiene que pasar por ser el presidente que ha decretado la mayor subida de impuestos de la historia de los Estados Unidos, justo cuando hizo su campaña electoral prometiendo que no los subiría. Por menos que eso se puso a George H. W. Bush de patitas en la calle. De nuevo, citando a Roberts:

Aceptar la teoría del gobierno concedería al Congreso la misma autorización a regular lo que no hacemos, cambiando fundamentalmente la relación entre los ciudadanos y el gobierno federal.

Y de nuevo:

La gente, por razones de su propio interés, a veces deja de hacer cosas que serían buenas para ellos o para la sociedad. Dichas abstenciones –unidas a similares abstenciones por parte de otros–, pueden tener rápidamente una sustancial influencia sobre el comercio interestatal. Bajo esta lógica gubernamental, eso autoriza al Congreso a usar el poder del comercio para impeler a los ciudadanos a actuar como el gobierno quiere que actúen. Ése no es el país que los redactores de la Constitución tenían pensado.

¿Saben qué? Los cuatro jueces conservadores estaban plenamente de acuerdo con la opinión de Roberts sobre la necesidad de limitar el poder del gobierno federal bajo la Cláusula de Comercio, ya que todos eran conscientes de que permitirle regular incluso la inacción de los ciudadanos supondría un control ilimitado de estos por parte de aquél. Pero como quiera que la segunda parte de la cuestión, la implacable voluntad de Roberts de encontrarle una salida a Obamacare como fuera, les ponía los pelos de punta, eso fue lo que provocó que esos cuatro jueces redactaran un voto particular conjunto y le dieran a Roberts: “Ahí te quedas, macho”. Para ellos, y para mí, si Obamacare abusa de su poder, hay que derogarlo, caiga quien caiga y le pese a quien le pese, aunque a quien le pese sea al The New York Times.

De este modo, Obamacare vuelve al Congreso para que los congresistas se pongan de acuerdo en las reformas que hay que aplicarle para que cumpla con lo que dice la sentencia del Tribunal Supremo, pero serán reformas menores que no afectarán al mandato individual, lo que deja en manos de los votantes estadounidenses la última palabra, que sólo podrá ser la de echar a Obama de la Casa Blanca en noviembre y elegir a Romney como nuevo presidente de los Estados Unidos, una vez que éste se ha comprometido (y quizás sea verdad) a derogarla nada más ser investido. No lo tengo yo muy claro, pero en la próxima entrada entraremos más a fondo en esta cuestión: ¿y ahora qué?

¡Uf! Espero haberme explicado. Y sí, en mi opinión, Roberts sigue siendo un cabrito.

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2 respuestas a PERO BUENO… EL JUEZ ROBERTS ES UN CABRITO, ¿SÍ O NO? (III)

  1. Santi dijo:

    Te has explicado estupendamente, Bob. Hasta un tonto como yo lo ha entendido, ja, ja, ja.

    Me sigue llamando la atención que el juez Roberts, en su afán de ser políticamente correcto y no meterse en berenjenales declarando directamente inconstitucional el Obamacare, haya dado indirectamente en el clavo. Porque ha dicho algo que yo pensaba desde hace mucho tiempo, que es que el Obamacare y por extensión la SS española es un impuesto más. Un impuesto carísimo y bastante ineficiente, por cierto. Y es que estamos fritos a impuestos, amigo Bob.

    Un saludo.

    P.D.: Yo sí creo que Romney derogará el Obamacare si llega al poder. Sería un verdadero cante si no lo hiciera, aún más ahora que supongo que hará de esto una de sus principales bazas electorales. Tal vez este asunto sea lo que le lleve al poder. Indirectamente le ha dado una gran ayuda en su carrera electoral el juez Robert (por muy cabrito que sea, ja, ja, ja). Tiempo al tiempo.

  2. Santi dijo:

    Bob, una encuesta publicada hoy da empate entre Obama y Romney. Romney remonta… puede que no sea tan dificil que gane. Y puede ser clave como maneje el asunto Obamacare.

    Un saludo.

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