PERO BUENO… EL JUEZ ROBERTS ES UN CABRITO, ¿SI O NO? (I)

Mucho me temo que la narración de mis andanzas como bloguista conservador en esta nuestra España va a tener que esperar un rato todavía. La cuestión de la declaración por parte del Tribunal Supremo de los Estados Unidos (el SCOTUS, Supreme Court Of The United States, para los amigos) de que Obamacare es constitucional es prioritaria ahora y hay mucho de que hablar sobre ello. Pero antes de entrar en lleno en la cuestión, una buena noticia (aparte de la del fútbol, por supuesto): nuestro amigo Gonzalo ha sido papá recientemente y no podía dejar pasar la ocasión para felicitarles a él y a su esposa y desearle todo lo mejor a su bebé, quien estoy seguro de que cuando crezca y sepa leer, acabará tan enganchado a este blog como su papá. ¡Enhorabuena, Gonzalo!

Una vez dicho esto (un futuro lector más no es cosa de despreciar, ya saben, je, je, je), entremos en materia. Lo esencial ya se lo conté el domingo: el Tribunal Supremo había dictaminado la constitucionalidad de la Affordable Care Act, que es como se llama realmente el engendro ese que nosotros conocemos y maldecimos como Obamacare, por 5 votos contra 4. Los cinco votos favorables fueron los de los cuatro jueces considerados como liberales (Ginsburg, Breyer, Sotomayor y Kagan) además del del presidente del Tribunal Supremo, Roberts; los cuatro votos en contra fueron los de los cuatro jueces considerados como conservadores (Scalia, Kennedy, Thomas y Alito). En principio, Roberts es un juez conservador y todos daban como seguro que votaría en contra de Obamacare, teniendo dudas en cambio sobre la postura de Kennedy, quien tiene un historial como juez del Tribunal Supremo en el que suele alinearse con los otros jueces liberales cuando se trata de una cuestión social como, por ejemplo, el derecho al aborto.

Los protagonistas de la película, los nueve jueces del Tribunal Supremo: de izquierda a derecha y de arriba abajo, Sotomayor, Breyer, Alito y Kagan; Thomas, Scalia, Roberts, Kennedy y Ginsberg.

Así, Kennedy, en 1992 ya traicionó (si es que se puede decir así por las razones que luego les comentaré) a los conservadores cuando votó a favor de la postura liberal en un caso relacionado con el derecho al aborto (Planned Parenthood v. Casey) que, de haber votado con la postura conservadora, hubiera hecho tambalearse toda la estructura legal del aborto en los Estados Unidos puesto que habría permitido revocar aquella malhadada sentencia, Roe v. Wade, que estableció ese derecho (el de asesinar a un hijo no nacido en nombre de los “derechos de la madre”). Kennedy estuvo durante muchos meses alineado con los conservadores, pero en el último momento cambió de opinión y se pasó al bando liberal, forjando así una alianza que no sólo evitó que Planned Parenthood (la mayor y más perjudicial organización pro-abortista de los Estados Unidos) perdiera el caso, sino que además proporcionó al derecho al aborto una fundamentación legal aún más sólida que la que ya le permitía la sentencia sobre el caso Roe v. Wade.

Entonces fue Kennedy quien nos timó; ahora ha sido Roberts. Ahora bien, Kennedy es uno de esos conservadores que no son tanto conservadores como libertarios, así que no estoy seguro de que lo suyo fuera una traición. Básicamente porque su actuación durante todo el tiempo que lleva sentado en el Tribunal Supremo es consistente, pero no de la manera que más nos gustaría a nosotros: cuando el caso implica a una persona individual contra el creciente poder del gobierno, siempre falla a favor de la persona individual, nunca a favor del gobierno. Por eso, con Kennedy uno tiene un perfecto ejemplo de lo que podría suponer tener a un libertario, a Ron Paul por ejemplo, como presidente de los Estados Unidos. Nos encantaría en cuestiones económicas y fiscales, pero nos pondría los pelos de punta en cuestiones sociales y morales. Y es que Kennedy es tan partidario de la Segunda Enmienda, la de permitir la posesión y el porte de armas de fuego, como del derecho de la mujer al aborto; tan partidario de la libertad de expresión como de impedir cualquier discriminación contra los homosexuales, siquiera en las Fuerzas Armadas.

Anthony Kennedy, juez del Tribunal Supremo. Un hombre que sabe hacerse el nudo de la corbata tan perfectamente y doblarse el pañuelo así  es un gran hombre evidentemente, por más que en ocasiones no estemos de acuerdo con él.

Pero si Kennedy es un admirador de Ron Paul disimulado, Roberts no. Y lo de Roberts, aunque es una traición, sin lugar a dudas, no estoy tan seguro de que no sea casi un sacrificio. Vamos, un mal ahora con el objetivo de lograr un bien después. Aprobar Obamacare ahora, pero proporcionando las bases para liquidarlo después. Vamos, que no sé si Roberts es un cabrito o no, en definitiva. Y para que ustedes me ayuden a decidirlo, voy a iniciar una pequeña serie contándoles todo lo que he podido averiguar sobre la cuestión. El domingo tuvimos las noticias y hoy voy a contarles lo que sé sobre cómo se cocinó la sentencia. El próximo día, mañana quizás, veremos algo sobre el propio Roberts y más adelante lo que implica la sentencia realmente y qué se puede hacer para superarla. A ver qué tal me queda.

Empezamos. Todo empezó alrededor de marzo, cuando los nueve jueces que componen el Tribunal Supremo de los Estados Unidos expusieron oralmente sus posturas. Por aquel entonces, el mundo tenía sentido y los cinco jueces conservadores estaban en contra de Obamacare y los cuatro liberales a favor, con Roberts ocupando el sitio que le correspondía. El objetivo: hundir el pilar central de Obamacare, el mandato individual, la obligación impuesta por esa ley a todos los estadounidenses de hacerse con un seguro médico en el mercado privado o ser multados si no lo hacen (todos estos aspectos legales los analizaremos en profundidad en una próxima entrada).

Un inciso: el Tribunal Supremo de los Estados Unidos no se parece en nada al Tribunal Constitucional de España y si éste es una casa de putas, aquel es un templo de la jurisprudencia. Esto quiere decir que cuando los jueces se reúnen para decidir sobre una cuestión, la confidencialidad está más que asegurada porque en las reuniones sólo están los nueve jueces, sin funcionarios o secretarias que se puedan ir de la lengua luego. De hecho, incluso los propios funcionarios del Tribunal Supremo, que lógicamente acaban enterándose de lo que sucede, están obligados a guardar silencio de todo lo que saben y así lo hacen. Sin embargo, en una cuestión tan peliaguda como ésta, los intríngulis del proceso al final han acabado trascendiendo hasta más allá de esos comprometidos a la confidencialidad y la información que les ofrezco es perfectamente verosímil con lo que se sabe públicamente y por ello la repito aquí.

El caso es que si en un principio Obamacare iba a ser liquidada directamente, los problemas empezaron cuando Roberts dudó del acierto de esa liquidación y acabó decidiendo que su postura no iba a ser la que mantenían sus otros compañeros conservadores, sino la de los liberales. Evidentemente, cuando los conservadores se enteraron, la cara que les quedó fue todo un poema. Durante todo marzo y abril, los cuatro conservadores se afanaron en convencer a Roberts para que reconsiderara su postura y volviera a hacer frente común con ellos. Curiosamente, quien más se esforzó en la tarea fue Kennedy, precisamente quien todos consideraban como el juez más proclive a desertar de la causa conservadora y unirse a los liberales (pero eso sin tener en cuenta su historial que ya les he mencionado; Obamacare no es una cuestión social, sino una cuestión entre los individuales y un gobierno cada vez más expansivo y en estos casos, Kennedy el libertario no titubea: está siempre del lado del individuo). Lo malo es que Roberts se negó empecinadamente a dejarse convencer y, al final, los cuatro conservadores, incapaces de convencerlo y al mismo tiempo incapaces de dejarse convencer por las razones de Roberts, decidieron que no había nada que hacer y que Roberts estaba cometiendo tal error que lo único que podían hacer era apartarse de él todo lo que pudieran. Imagino que a estas alturas ni se hablan y que Roberts tiene que tomarse el café con leche solo en la cafetería.

El berrinche de los conservadores fue tan morrocotudo que, para hacer aún más evidente la soledad de Roberts, se pusieron todos de acuerdo en no adherirse ni siquiera a partes de la sentencia con la que están plenamente de acuerdo, como es la que se refiere a los límites al poder del Congreso bajo la “cláusula del comercio” (este aspecto también lo analizaremos en profundidad en una próxima entrada). No se adherían y encima prepararon un voto particular conjunto, decididos a poner la mayor cantidad de tierra de por medio entre Roberts y ellos.

John Roberts, presidente del Tribunal Supremo. El malo más malo de todos los malos de los Estados Unidos ahora mismo. Más incluso que Doofenshmirtz. 

Por lo que parece, lo que obligó a Roberts a recular de su postura inicial es la consideración de si el hecho de que el mandato individual sea inconstitucional, que es sólo una parte de Obamacare, que incluye muchas más (como la expansión de Medicaid, por ejemplo), hace inconstitucional a todo Obamacare. Los cuatro jueces conservadores estaban de acuerdo en que sí, pero Roberts no lo tenía tan claro. Según los conservadores, siendo el mandato individual el corazón de Obamacare, su inconstitucionalidad implicaba la inconstitucionalidad del resto, puesto que toda la ley está construida a su alrededor. Roberts seguía sin estar convencido, pero asintió en principio y siendo como es el juez más veterano de los que constituían la entonces mayoría, a él correspondía tomar la decisión de qué juez iba a redactar el borrador de la sentencia. Curiosamente, decidió asumir él mismo esta tarea.

Mientras lo redactaba, en el exterior empezó una fuerte campaña dirigida desde la sombra por los demócratas destinada a forzar la mando de los jueces. Medios de comunicación, comentaristas, políticos, etc. se declararon a favor de Obamacare y durante todo mayo se sucedieron las noticias sobre la futura decisión del Tribunal Supremo y lo que podía sucederle a éste si, según ellos, desoían la voz del pueblo que quiere Obamacare. Roberts, como presidente del Tribunal Supremo y como habitante del planeta Tierra también, difícilmente podría haberse abstraído de semejante presión como no fuera encerrándose a cal y canto dentro del edificio del Tribunal Supremo y cortando toda comunicación con el exterior, casi como si fueran a elegir a un nuevo Papa. Sin embargo, las noticias que tengo dicen que no es que Roberts se sintiera abrumado por esa presión y que no fue por ello que cambió de opinión, sino que en cambio se dio cuenta de lo que podría suponer liquidar una ley tan relevante como lo es Obamacare cuando no había ningún precedente en el propio Tribunal Supremo para tomar una decisión semejante, lo cual es una excusa un poco tonta porque tampoco la había en su momento para suprimir la segregación racial y miren donde estamos.

Al final, parece ser que a Roberts le temblaron las piernas y decidió tirar por la calle de en medio: no declararía inconstitucional Obamacare, pero tampoco aceptaría el mandato individual así por las buenas. En consecuencia, Roberts ha tenido que pergeñar una sentencia que resulta jurídicamente infumable y en la que ha tenido que reinterpretar la ley de una manera tal que resulta que lo que siempre había dicho Obama que no era Obamacare, un impuesto, ahora resulta que sí lo es. Y es que si Roberts se hubiera mantenido junto a sus colegas conservadores y hubiera derogado el mandato individual por abusar de la “cláusula del comercio”, el resultado lógico hubiera sido la inconstitucionalidad de toda la ley sin remedio. En cambio, definiendo el mandato individual como un impuesto y no como un mandato (genial, ¿eh?), Roberts puede mantener en su sentencia que no se sobrepasa de ninguna manera la “cláusula del comercio”, declarar constitucional Obamacare y quedarse tan pancho. Lo veremos con más detalle otro día.

Una vez que Roberts decidió finalmente su postura y la comunicó a los demás jueces, los cuatro conservadores decidieron borrarlo inmediatamente de su lista de amistades. El propio Roberts intentó convencerlos uno tras otro, especialmente a Kennedy a quien veía más proclive a ceder finalmente, con la excusa de no dar una imagen de profunda división del Tribunal Supremo que pudiera perjudicar la reputación de éste ante los ciudadanos. No fue posible y Roberts se quedó solo para redactar finalmente su sentencia, cosa que hizo a principios de junio. Los cuatro jueces conservadores entregaron su voto particular conjunto el día 15 y la semana pasada conocimos todos los dos documentos: uno digno de un delirio producido por una indigestión de garbanzos y el otro que pasará a la historia como la declaración de unos jueces honrados y valientes que se negaron a abjurar de sus más firmes creencias simplemente porque si no lo hacían iban a tener mala prensa, tal y como dicen ellos mismos en su propio documento:

La fragmentación del poder producido por la estructura de nuestro gobierno es la base de la libertad y cuando lo destruimos, ponemos la libertad en peligro. La decisión de hoy debería haber vindicado, debería haber enseñado, esta verdad; en cambio, nuestro fallo no la ha tenido en cuenta.

Exactamente lo que nos dijo Sarah Palin en su tuit: “Obama miente; la libertad se muere”. Palabra del Tribunal Supremo. Seguiremos con ello, pero, de momento, Roberts sí que es un cabrito.

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