EL DÍA EN QUE SARAH PALIN FUE TENTADA… Y DIJO: “¡DEMONIOS, NO!” (y IV)

Retomamos nuestra historia donde la dejamos. La cuestión es que Ruedrich había dimitido el 8 de noviembre y lo había hecho tan repentinamente que Sarah, que era la presidenta de la comisión y uno supone que debería haber sido informada con antelación, se enteró cuando un periodista la telefoneó a su casa y le avanzó la noticia, que todavía no estaba plenamente confirmada. De hecho, ni siquiera así se quedó tranquila Sarah, puesto que no sabía si Ruedrich había dimitido de su cargo como comisionado o como presidente del Partido Republicano de Alaska, ya que dada la situación en la que se encontraba, su conflicto de intereses se podría haber resuelto de cualquiera de las dos maneras. Luego se enteró de que había sido como comisionado, lo que no le sorprendió puesto que las sinecuras de un cargo como el de presidente del partido eran muchísimo más sustanciosas que las de comisionado y al bicho ese no le debió de costar nada el tomar su decisión.

Sin embargo, que Ruedrich se hubiera largado de una vez de la AOGCC no cerraba el caso ya que había que hacer algo con la investigación ética que sobre él había iniciado Sarah, así que el Departamento de Justicia del gobierno de Alaska asumió dicha investigación y lo primero que hizo fue ordenar a Sarah que recopilara toda la información que pudiera sobre los tejemanejes de Ruedrich, autorizándole incluso a acceder al antiguo despacho de éste y buscar en su ordenador.

Imagino que Sarah levantó las cejas al recibir semejantes instrucciones: “¿Yo, pirata? ¿Yo, hacker?”, se debió de preguntar. Pero órdenes son órdenes y a pocos días de la dimisión de Ruedrich, el día 12 de noviembre, Sarah y una técnica informática al servicio de la AOGCC accedieron al despacho de Ruedrich a ver qué encontraban. Ruedrich ya había retirado sus pertenencias personales del despacho, lo que hacía suponer que no iban a encontrar nada comprometedor en el ordenador, pero una vez que la técnica informática descifró la antigua contraseña de Ruedrich, vio que éste ciertamente había borrado datos, pero no tan efectivamente como para que no pudiera recuperarlos con un poco de maña. Como Sarah reconoció más adelante, no sabía lo que estaba buscando exactamente, pero ahí estaba.

¿Y qué era eso? Pues entre otras cosas, varias docenas de mensajes de correo electrónico y documentos que mostraban bien a las claras que Ruedrich había dedicado una gran parte de su tiempo en la AOGCC a ocuparse de cuestiones propias del Partido Republicano en Alaska, además de otros tantos mensajes y documentos que confirmaban su estrecha vinculación con una como mínimo de las empresas a las que se suponía que debía supervisar (la famosa Evergreen Resources). ¡Por fin lo tenían! Aquello era el sueño de cualquier fiscal en cualquier tribunal de justicia del mundo: tener todas las pruebas contra el acusado y todas escritas por él de su propio puño y letra. Sarah, aunque era la presidenta de la AOGCC, tenía realmente poco poder con respecto a los otros dos comisionados, quienes eran nombrados por el gobernador para un mandato de seis años y sólo podían ser destituidos por una razón concreta por éste. Pero ahora la cuestión ya no era si Murkowski lo destituía o no; ahora se trataba de una cuestión mucho más seria y estaba en manos del propio fiscal general del estado.

Y un poco de actualidad no viene mal para acompañar esta entrada, ¿verdad? Sarah y Todd el martes pasado en Pella (Iowa). Les hablaré de ello con más detalle en mi próxima entrada, pero de momento las fotos van por adelantado.

Sarah y la técnica informática que la acompañaba imprimieron todo lo que encontraron siguiendo las instrucciones de la fiscalía general, que, como ella mismo declaró más adelante, se reducían a: “Entra en ese ordenador y envíanos cualquier cosa que haya que tú creas que es partidista”. Así lo hizo y el resultado fue, por ejemplo, un total de 24 mensajes de correo electrónico intercambiados entre Ruedrich y directivos y cabilderos de Evergreen Resources. Uno de ellos era especialmente importante porque sobre él se basó toda la demanda ética; se trataba de uno en el que Ruedrich remitía al cabildero favorito de Evergreen, Kyle Parker, un informe confidencial redactado por el ayudante del fiscal general asignado a la AOGCC, Rob Mintz. Sólo con ese mensaje, Ruedrich ya se había caído con todo el equipo.

Otros mensajes revelaban que Ruedrich y Parker mantenían frecuente contacto entre ellos, así como con otros abogados de la firma donde trabajaba Parker, con el fin de colaborar para aflojar el control que las diferentes poblaciones ejercían sobre su territorio y así favorecer su proyecto de extracción de metano de su lecho de carbón. En algunos casos, esos mensajes eran inocentes en la forma porque no eran más que meros recordatorios de citas o cosas similares, pero eran muy perjudiciales en el fondo al revelar un grado de intimidad entre ambos que cuestionaba seriamente la capacidad de Ruedrich para ejercer debidamente sus labores como comisionado. También existían otros ocho mensajes cruzados entre ambos en los que Ruedrich adjuntaba información que había recibido o enviaba él mismo a otros funcionarios del gobierno de Alaska o a distintos residentes del burgo de Matanuska-Susitna en relación con ese mismo asunto y que, al tratarse de copias ocultas, el destinatario original no tenía modo de saber que el cabildero ese lo había recibido también. De hecho, la conclusión que se sacaba de todos esos mensajes es que Ruedrich era algo así como “el hombre de la industria” en la AOGCC, lo que hizo temer a Sarah que ésta no volviera a recuperar su prestigio nunca más.

Y por lo que se refiere a otros asuntos que ya hemos visto en otras entradas, como sus viajes a cargo del presupuesto de la comisión, Ruedrich también tenía tela en este aspecto. Sarah ya sabía que Ruedrich había ordenado un billete de avión a cargo del Estado para asistir a una reunión en Seattle (Washington) con funcionarios de la EPA. Lógicamente, lo primero que hizo Sarah cuando se enteró de su dimisión fue cancelar ese billete y pedir a la compañía aérea, Alaska Airlines, que les devolviera el importe. Fue gracias a otro de esos mensajes de correo electrónico que descubrió que Ruedrich había preparado expresamente ese viaje para asistir a una reunión del Partido Republicano que se iba a celebrar precisamente en Seattle con el fin de analizar sus perspectivas de cara a las próximas elecciones. Anita Frankel, una funcionaria de la EPA en Seattle a la que se consultó posteriormente sobre la reunión, declaró que era cierta la reunión y que se contaba con la presencia de Ruedrich, pero que ésta “no era imprescindible”.

Y otra foto más. Por cierto, ¿se han fijado en el tipo de la derecha con esa especie de casco-cámara (?) que lleva. Vaya invento, ¿no?

Sarah imprimió todo lo que encontró y se lo remitió al día siguiente a Paul Lyle, un ayudante del fiscal general. Lo siguiente fue esperar los resultados de la investigación, por supuesto. Pero es que pasaba el tiempo y no pasaba nada. Nada de nada. El 18 de noviembre, Sarah telefoneó directamente al fiscal general, Gregg Renkes. Éste no quiso aclararle nada sobre el caso y tampoco quiso aconsejarla sobre qué papel debía jugar ella. De hecho, Sarah no estaba segura siquiera de si realmente había una investigación en marcha y Renkes no solventó sus dudas. Y así siguió siendo en diciembre, cuando Sarah les envió más documentación incriminatoria sobre el caso que había podido obtener. A esas alturas, seguía sin saber nada de lo que estaba sucediendo y ni siquiera si estaba sucediendo algo. Incluso empezaba a sospechar que no fuera todo una excusa para tapar el asunto simplemente dejando pasar el tiempo.

Y eso mismo era lo que empezaba a pensar mucha gente. Sarah se encontraba con que tanto el público como la oposición demócrata se temían que estuviera participando en esa operación de ocultación y las críticas habían dejado de dirigirse a Ruedrich para apuntar ahora hacia ella. Incluso sus propios colegas en la AOGCC le preguntaban qué pasaba y ella no podía decirles nada puesto que estaba obligada a guardar silencio puesto que sus órdenes eran las de guardar estricta confidencialidad sobre todo lo que supiera, habiendo sido advertida de que podría enfrentarse a un cargo penal si divulgaba algo o incluso si confirmaba o no que se estaba investigando a Ruedrich.

Sarah estaba siendo puesta en la picota. Por un lado, los republicanos la acusaban de hablar mal de un compañero republicano y de ayudar en consecuencia a los demócratas, dándole a entender que por lo que se refería a ellos estaba más que acabada, y por el otro, los demócratas la acusaban de complicidad y ocultación. Estaba desesperada y así, el 2 de enero, tomó la decisión de escribir directamente al gobernador Murkowski para pedirle que actuara de una vez por todas para que así no se pudiera pensar que estaba encubriendo el caso. Le recordó de paso que ya hacía cinco meses que había dado la voz de alarma sobre lo que estaba sucediendo con Ruedrich a sus superiores y detalló todos y cada uno de los contactos al respecto que había mantenido con ellos referidos al asunto. En consecuencia, Sarah pedía que o bien el estado hacía una declaración oficial reconociendo que ella estaba bajo un compromiso de confidencialidad que le impedía hablar sobre el asunto o le permitía “manejar este asunto del modo que estime más oportuno”. Si fuera esa última la opción escogida, Sarah aclaraba que su primera medida sería que el estado contratara a un investigador independiente para investigar el caso. Y terminaba su carta advirtiendo a Murkowski que si no recibía respuesta, “tomaré las acciones que estime oportunas para proteger mi reputación en relación con este desafortunado suceso”. La gracia que le debió hacer a Murkowski la carta de marras.

Evidentemente, no hubo respuesta y el 16 de enero, tras mucho rezar para que Dios le guiara en su decisión, Sarah envió por correo electrónico a Murkowski su dimisión, achacándola precisamente a lo que estaba sucediendo con el caso Ruedrich y sin importarle en lo más mínimo que con ello pusiera fin voluntariamente a su carrera política, justo cuando ésta comenzaba a despegar. Tal y como declaró ella después y ha repetido más de una vez, en su decisión influyó sobre todo el consejo de un buen amigo que le dijo que en política, o comes bien o duermes bien. Y ella reconoce que ya no dormía bien. Pero lo mejor de todo era que al no estar ya obligada por las órdenes de sus superiores, sólo tenía que dejar pasar tres meses para poder hablar del caso, tal y como preveía la legislación estatal.

Curiosamente, ese mismo día, Renkes anunció públicamente su decisión de abstenerse del caso para “evitar cualquier apariencia de impropiedad o conflicto de intereses”, asignándoselo a Barbara Ritchie, su principal ayudante en este tipo de casos y asegurando de paso que no tenía nada que ver con el hecho de la dimisión de Sarah.

Soy hombre y reconozco que esta foto me ha impresionado. ¡Qué tipazo el de Sarah! A mí no me importa porque la apoyaría igual aunque tuviera el aspecto de Hillary Clinton, pero es que no lo tiene y eso mola más. ¡Guau!

El 27 de febrero, la oficina del fiscal general anunció que ya tenían preparada la demanda ética contra Ruedrich, pero que su contenido permanecería confidencial, tal y como preveía la ley. No le gustó a casi nadie eso y dos medios de comunicación alasqueños, el Anchorage Daily News y KTUU-Channel 2 interpusieron sendas demandas ante los tribunales para obligar a la administración a hacer público ese texto. Mientras esas demandas todavía no habían sido resueltas, el 6 de abril, el abogado particular de Sarah, Wayne Anthony Ross, les dio un ultimátum: o se resolvía esa demanda en el plazo de 10 días o Sarah convocaría una conferencia de prensa “con el fin de dejar claro, públicamente, lo que sabe acerca de todo el asunto y por qué dimitió de su cargo en la comisión”. Fue todo un pulso que Ross reconoció posteriormente que se debió a una crisis de conciencia de Sarah: “Su sentido de la integridad es muy importante para ella y parecía que estaba encubriendo algo”. El resultado fue que Ruedrich accedió (o le obligaron a que accediera) finalmente a que se hiciera público el texto de la demanda ética y, para curarse en salud, convocó su propia conferencia de prensa el 12 de abril para explicar su versión de la historia. No importó mucho porque una vez que llegó el día 16, Sarah, que ya era libre de hablar lo que quisiera, explicó públicamente en una serie de entrevistas concedidas a los medios de comunicación lo que había sucedido realmente durante sus once meses en la AOGCC y como ella y Seamount habían tratado de preservar su buena reputación y el producto de tanto y tanto tiempo de trabajo de muchos excelentes profesionales que no tenían por qué pagar el pato de las maldades de Ruedrich.

A la vista de lo que contenía la demanda ética, que Sarah reconoció posteriormente que ignoraba varios de los hechos que ella había denunciado, la oposición demócrata, encabezada por el senador estatal Hollis French, no quedó satisfecha y declaró que no se trataba de una investigación como debía ser y que no la aceptaban. Por lo que se refiere a Sarah, French expresó su respeto hacia ella y su opinión de que “había sido torturada con esto durante demasiado tiempo”, además de que “siento que no ha tenido nunca la oportunidad de contar su historia”. Claro que esas alabanzas eran más falsas que un billete de tres dólares puesto que su simpatía por Sarah se debía exclusivamente a que estaba atizando al Partido Republicano. Y es que algunos años más tarde, French sería el partero de aquel ignominioso asunto que fue el Troopergate, cuando entonces fue él quien se preocupó de que Sarah no tuviera la oportunidad de explicar su historia.

Ruedrich fue finalmente condenado el 22 de junio por violación ética a pagar una multa de 12.000 dólares, la más alta impuesta jamás en el estado de Alaska, y admitir su culpa a pesar de que durante todos esos meses había estado pregonando que las acusaciones contra él eran exageradas, algo en lo que le hicieron coro muchos colegas del Partido Republicano, incluyendo al propio gobernador Murkowski, que se quejó de que Ruedrich estaba siendo injustamente tratado por los medios de comunicación y tratándole de “superviviente”. De este modo, Sarah fue vindicada por fin, pero eso tuvo un coste y fue que se convirtió en la oveja negra del Partido Republicano de Alaska, algo que se hizo más que evidente cuando en mayo el Partido Republicano confirmó a Ruedrich en su cargo de presidente. Y es que si uno no tiene el cariño de sus amigos, no tiene nada, ¿verdad?

Y hasta aquí esta serie, pero no ha terminado todo aquí puesto que tan interesante como lo que pasó con Sarah en la AOGCC es lo que pasó con ella durante los dos años siguientes hasta que ganó las elecciones a gobernadora de Alaska, cuando todo el mundo la daba por acabada y bien acabada políticamente hablando. Les hablaré sobre ello la semana que viene y ya les avanzo que es tan interesante como lo que ya les he contado. Y es que si tuviera que dar un único motivo para justificar mi apoyo a Sarah y mi fe en ella, sería éste: la historia de Sarah en la AOGCC. Si no cedió entonces a la tentación, ya no cederá nunca. Y no cedió. ¡Palin 2012!

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Una respuesta a EL DÍA EN QUE SARAH PALIN FUE TENTADA… Y DIJO: “¡DEMONIOS, NO!” (y IV)

  1. Santi dijo:

    Sí, Bob, es que Sarah es como el Ave Fénix; de acabada nada de nada, por mucho que lo repitan los progres. ¡Palin 2012!

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